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El fin de la ilusión: el regreso al miedo

Psicólogo clínico y criminológico Alejandro Murillo

Durante algún tiempo, Jerez parecía haber recuperado algo que quizá habíamos olvidado que necesitábamos: la tranquilidad.

No se trataba necesariamente de una ciudad completamente segura, ni de la desaparición de todos los problemas que durante años han acompañado a la región. Era algo más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más importante: la posibilidad de vivir sin sentir que cada día podía terminar de una manera inesperada.

La gente volvió a salir. Las calles recuperaron movimiento. Las conversaciones dejaron, poco a poco, de girar alrededor de la violencia. El miedo comenzó a ocupar un lugar más pequeño en la vida cotidiana. Tal vez nunca desapareció por completo, pero había dejado de ser protagonista.

Hasta este miércoles.

Una serie de detonaciones y homicidios volvió a romper esa aparente calma y, con ella, una ilusión que se había construido lentamente: la idea de que la tranquilidad podía ser permanente.

Porque la violencia no solamente se mide por el número de detonaciones, por los homicidios ocurridos o por las víctimas directamente involucradas. Existe otra consecuencia, menos visible, pero profundamente importante: la transformación de la percepción que una comunidad tiene sobre su propia seguridad.

El miércoles pudo haber ocurrido durante unas horas.

Pero el miedo no necesariamente desaparece cuando dejan de escucharse las detonaciones.

Ese es quizá uno de los efectos más profundos de la violencia: su capacidad para prolongarse mucho más allá del momento en que ocurre.

Hoy puede no ocurrir nada.

Mañana también.

Pasado mañana, quizá las calles vuelvan a parecer exactamente como antes.

Pero algo ya cambió.

Porque después de escuchar detonaciones, después de conocer que hubo homicidios, después de recibir mensajes preguntando qué ocurrió o si alguien se encontraba bien, la mente comienza a observar el entorno de otra manera.

Un automóvil que circula lentamente puede generar sospecha.

Una motocicleta que se detiene cerca puede provocar inquietud.

Un ruido fuerte puede hacer que alguien voltee inmediatamente.

Y una calle que antes era solamente una calle puede convertirse en un lugar que ahora se evalúa: ¿es seguro?, ¿hay gente?, ¿qué está pasando?, ¿debería estar aquí?

Eso es lo que significa que el miedo persista.

No necesita que exista un nuevo acontecimiento violento para mantenerse activo.

El acontecimiento original puede haber terminado, pero la expectativa de que vuelva a ocurrir puede permanecer.

Y esa expectativa modifica la conducta.

La gente comienza a salir menos, a regresar más temprano, a evitar determinados lugares, a mantenerse pendiente de las noticias, a preguntar constantemente qué está pasando. Algunas personas incluso pueden experimentar una sensación permanente de alerta, como si el peligro pudiera aparecer en cualquier momento.

La ciudad continúa funcionando, pero sus habitantes ya no la experimentan exactamente de la misma manera.

Esa es la diferencia entre la ausencia de violencia y la recuperación de la tranquilidad.

Que durante varios días no ocurra un homicidio no significa necesariamente que una comunidad haya dejado de sentir miedo.

La tranquilidad psicológica necesita algo más que silencio.

Necesita la percepción de que ese silencio puede mantenerse.

Y cuando esa percepción se rompe, reconstruirla puede tomar mucho más tiempo que destruirla.

Quizá por eso los acontecimientos como los de el miércoles tienen una repercusión que difícilmente puede medirse únicamente con las cifras oficiales. El impacto también se encuentra en aquello que no aparece en ningún registro: en las personas que dejan de salir, en las familias que comienzan a preocuparse nuevamente, en los negocios que cierran más temprano, en quienes vuelven a revisar el teléfono cada vez que escuchan una noticia y en quienes recuperan hábitos que creían haber dejado atrás.

El miedo tiene memoria.

Una comunidad que ha vivido periodos prolongados de violencia puede aprender a reconocer señales de peligro incluso cuando el peligro no está presente. No porque necesariamente exista una amenaza inmediata, sino porque la experiencia anterior enseñó que las cosas pueden cambiar de un momento a otro.

Y entonces aparece una paradoja.

Precisamente cuando no ocurre nada, el miedo puede continuar.

El silencio deja de ser tranquilidad y comienza a sentirse como espera.

«¿Ya pasó?»

«¿Será que realmente terminó?»

«¿Y si vuelve a suceder?»

Son preguntas que no necesitan una respuesta para influir en la conducta.

Por eso, después de un episodio como este los siguientes días adquieren un significado particular. Cada jornada sin violencia puede ser interpretada de dos maneras: como una señal de recuperación o como una pausa antes de que ocurra algo más.

La diferencia está en la confianza.

Cuando existe confianza, el silencio significa paz.

Cuando la confianza se rompe, el silencio puede significar incertidumbre.

Y quizá eso sea lo más preocupante.

No que una ciudad tenga miedo durante unas horas, sino que vuelva a aprender a vivir con él.

Porque una sociedad puede adaptarse prácticamente a cualquier cosa. Puede aprender rutas nuevas, horarios nuevos, medidas de precaución nuevas. Puede aprender a identificar sonidos, lugares y situaciones que antes no significaban nada.

Pero adaptarse al miedo no significa superarlo.

A veces significa incorporarlo a la vida cotidiana.

Y ese es el verdadero riesgo de normalizar la violencia: que llegue un momento en que ya no nos sorprenda vivir condicionados por ella.

Por eso, la tranquilidad de Jerez no debería medirse únicamente por cuántos días pasen sin nuevas detonaciones u homicidios.

Debería medirse también por cuánto tarda la gente en volver a sentirse libre.

Libre de salir.

Libre de regresar tarde.

Libre de escuchar un ruido fuerte sin pensar inmediatamente en lo peor.

Libre, finalmente, de sentir que la seguridad de su familia depende de estar constantemente alerta.

El suceso terminó.

Pero sus efectos no necesariamente terminaron con él.

La violencia puede desaparecer momentáneamente de las calles y permanecer durante días, semanas o incluso más tiempo en la mente de quienes la presenciaron, la escucharon o simplemente supieron que ocurrió cerca.

Por eso, quizá lo ocurrido el miércoles no sea solamente el regreso de las detonaciones.

Es el regreso de una pregunta que muchos habitantes habían comenzado a dejar atrás:

¿Estamos realmente seguros?

Y mientras esa pregunta siga presente, aunque las calles permanezcan tranquilas, la ilusión de seguridad seguirá siendo frágil.

Porque el verdadero fin del miedo no ocurre cuando deja de escucharse la violencia.

Ocurre cuando la gente vuelve a creer que puede vivir sin esperarla.