¿Y a nosotros qué nos importa?
Jaime Santoyo Castro
Los medios de comunicación dieron cuenta de que el gobierno de los Estados Unidos habría retirado la visa de ingreso a ese país a Andy López Beltrán, hijo del expresidente Andrés Manuel López Obrador.
A partir de ahí se desató una nueva historia mediática: declaraciones, indignación, cartas, reclamos y hasta exigencias dirigidas a funcionarios del gobierno norteamericano. Y ante semejante despliegue surge una pregunta elemental: ¿y a nosotros qué nos importa?
No lo digo por menospreciar los derechos de nadie. Andy López Beltrán, como cualquier persona, tiene derecho a inconformarse si considera que una autoridad extranjera tomó una determinación injusta en su contra. Puede protestar, reclamar, escribir cartas y acudir a las instancias que estime convenientes. Es su derecho. Pero también es su problema.
Que a un ciudadano mexicano le otorguen, le nieguen o le retiren una visa estadounidense es, salvo que existan circunstancias extraordinarias que involucren al Estado mexicano, un asunto estrictamente personal.
No tendría por qué convertirse en una cuestión nacional ni ocupar espacios informativos como si estuviera en juego la soberanía de la República. Porque mientras discutimos si Andy puede o no entrar a los Estados Unidos, millones de mexicanos tienen preocupaciones bastante más cercanas y apremiantes.
– ¿Le importará este episodio al joven que busca ingresar a una universidad y que sabe que de un examen puede depender buena parte de su futuro?
– ¿Le preocupará al muchacho que lleva meses buscando empleo y no encuentra una oportunidad para ganarse honestamente la vida?
– ¿Será tema de conversación para la madre de familia que recibe unos cuantos pesos y todos los días realiza verdaderos actos de malabarismo financiero para comprar alimentos, pagar servicios, adquirir útiles escolares y conseguir que sus hijos salgan adelante?
– ¿Le quitará el sueño al trabajador que se levanta de madrugada para tomar dos transportes y llegar puntualmente a su empleo?
– ¿Al comerciante que abre diariamente su negocio sin saber cuánto venderá?
– ¿Al campesino que mira al cielo esperando lluvia?
– ¿Al profesionista que intenta conservar su clientela?
– ¿Al pequeño empresario que debe completar la nómina al final de la semana?
Seguramente no. Los mexicanos tenemos problemas mucho más serios: inseguridad, desempleo, pobreza, educación, salud, crecimiento económico, corrupción, impunidad y la incertidumbre que padecen millones de familias acerca de su futuro inmediato.
Por eso resulta desproporcionado pretender transformar un problema migratorio personal en una especie de afrenta nacional. Y todavía más extraño resulta querer presentar una carta desafiante como una demostración de valentía política.
Enfrentarse epistolarmente al Presidente de los Estados Unidos podrá generar titulares y alimentar durante algunas horas las redes sociales, pero difícilmente constituye un acto de heroísmo. México ha tenido hombres y mujeres que verdaderamente se han enfrentado al poder, muchas veces pagando por ello con la cárcel, el exilio, la persecución e incluso con la vida. Conviene guardar las proporciones.
El problema de fondo quizá sea otro: hemos permitido que la vida, los viajes, las declaraciones, los pleitos y hasta los documentos migratorios de determinados personajes adquieran una relevancia pública que no necesariamente tienen. Ser hijo de un expresidente de la República puede explicar el interés periodístico, pero no convierte automáticamente los asuntos personales en asuntos de Estado. Andy López Beltrán podrá reclamar cuanto quiera y ante quien quiera. Está en todo su derecho. Pero que resuelva su problema con las autoridades estadounidenses. Los demás tenemos bastante con resolver los nuestros.