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No, no es TOC

Psicólogo clínico y criminológico Alejandro Murillo

Desafortunadamente, la psicología, al igual que muchas otras ciencias, ha sufrido de malinterpretaciones respecto a los términos que utiliza. No es de extrañar que muchas palabras y tecnicismos propios de esta disciplina sean empleados de manera incorrecta por personas que, sin profundizar en su significado, terminan utilizándolos en contextos que nada tienen que ver con aquello que realmente describen. En ocasiones, incluso, de forma despectiva o trivializante. Tal es el caso del TOC, el trastorno obsesivo compulsivo.

Quienes conocen este trastorno saben que no estamos hablando de una simple preferencia por el orden o la limpieza. Estamos hablando de un padecimiento serio, incapacitante y profundamente angustiante. Sin embargo, para muchas personas ajenas a esta realidad, basta con acomodar unos objetos, limpiar con frecuencia o ser muy organizado para decir con ligereza: «Tengo TOC».

No. No es trastorno obsesivo compulsivo.

Reducir el TOC a una manía por el orden o la limpieza no solo es una simplificación excesiva, sino también una falta de respeto hacia quienes realmente viven con este trastorno. Porque el TOC no consiste en disfrutar que las cosas estén acomodadas. Consiste en experimentar pensamientos intrusivos, persistentes e indeseados que generan un nivel de ansiedad tan intenso que la persona termina realizando conductas repetitivas para intentar aliviar ese malestar.

Esas conductas reciben el nombre de compulsiones. No se realizan porque la persona quiera hacerlas o porque las disfrute. Las hace porque siente que, si no las lleva a cabo, algo terrible podría ocurrir o la ansiedad se volverá insoportable. Durante unos instantes, el ritual parece aliviar el miedo, pero ese alivio dura muy poco. Pronto la duda regresa, la ansiedad aumenta y la compulsión vuelve a aparecer. Así se forma un círculo del que resulta extremadamente difícil salir.

El trastorno obsesivo compulsivo secuestra la libertad de quien lo padece. La persona deja de dirigir su vida para comenzar a obedecer las exigencias de su propia mente. Ya no es ella quien decide qué hacer; es el trastorno quien impone las reglas. Horas enteras pueden perderse en revisiones, lavados, comprobaciones, repeticiones o rituales que, desde fuera, pueden parecer absurdos, pero que para quien los vive representan una necesidad insoportable.

Y esto tiene consecuencias profundas. Relaciones que se deterioran, oportunidades que se pierden, estudios o trabajos que se ven afectados y una calidad de vida que disminuye considerablemente. Muchas personas con TOC son plenamente conscientes de que sus pensamientos carecen de lógica, pero saberlo no basta para detenerlos. Esa es precisamente una de las características más dolorosas del trastorno: comprender que el miedo es irracional y, aun así, sentirse incapaz de ignorarlo.

Por eso, la próxima vez que alguien diga «tengo TOC» solo porque le gusta el orden o la limpieza, quizá valga la pena recordar que detrás de esas tres letras existen personas que libran una batalla silenciosa todos los días. Personas que no buscan ser perfectas, sino recuperar algo que la mayoría damos por hecho: la libertad de vivir sin que el miedo dicte cada una de sus decisiones.

El TOC no es una personalidad. No es una manía. No es una forma de ser. Es un trastorno psicológico serio que merece comprensión, respeto y tratamiento profesional.