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Sangría diaria

Médico Antonio Sánchez González

Querido amigo:

Hace cuatro años hiciste tus cuentas, empacaste tu vida y te fuiste de Zacatecas. Nadie pudo recriminártelo: la incertidumbre nos ahogaba, la economía languidecía y la parálisis social amenazaba con volvernos invisibles. Hoy estás de paso por unos días y cruzas de nuevo estas colinas de suelo colorado. Te escribo para ahorrarte el autoengaño de las nostalgias en tu breve estancia: la realidad que vienes a atestiguar no es la postal colonial que reconforta a la distancia, sino el retrato de un estado que sigue cobrando una cuota altísima a quienes insistimos habitarlo.

Cuando te fuiste, la conversación pública, de la que participaste notablemente, rozaba la desesperación. La fuga de cerebros y de profesionales no era una métrica estadística; era sangría diaria. Tu partida dejó un vacío que hoy se multiplica en aulas vacías, comercios cerrados y proyectos mutilados. Lo grave, mi estimado amigo, no es solo que te hayas ido, sino que las razones estructurales que te expulsaron de tu tierra siguen prácticamente intactas para quienes nos quedamos.

En estos pocos días de tu visita, comprobarás que la fachada de cantera sigue siendo bella, pero las tripas de nuestra economía están seriamente maltrechas. Nos han querido vender un discurso de recuperación y modernización, pero la verdad de a pie es dura: Zacatecas atraviesa un estancamiento exasperante. La inversión privada – cobarde, como hace unos días dijo Schettino que hemos sido siempre por aquí- le teme al riesgo local, la industria avanza a cuentagotas y el sector servicios sobrevive de milagro, ahogado por la carestía y el desplome del poder adquisitivo. La dependencia abyecta del gasto público sigue siendo nuestra mayor condena; cuando el gobierno no gasta o no gasta bien, el estado simplemente se congela. Los esfuerzos de resistencia económica que verás al caminar por el centro no son fruto de política pública alguna, sino del instinto ciego de supervivencia de un sector productivo abandonado a su suerte.

En lo social, el panorama es aún más severo. Nos hemos acostumbrado a llamar «resiliencia» a lo que en realidad es resignación y fatiga comunitaria. La tranquilidad no se ha recuperado; simplemente hemos normalizado la prudencia del miedo. La vida cotidiana se reconfiguró alrededor de la cautela, afectando la convivencia, el tejido social y el comercio nocturno. La prensa, la vida cultural y académica, antaño nuestro gran orgullo y trincheras de pensamiento crítico, padecen hoy una atonía alarmante, lastrada por la complacencia institucional y la falta crónica de recursos.

En estos cuatro años de tu ausencia, la brecha entre el discurso oficial y la vida real de los zacatecanos no hizo más que ensancharse. Mientras en los boletines se habla de avances y transformaciones, en las calles el comerciante calcula cómo pagar la quincena, el profesional independiente lucha por no cerrar y el recién graduado se topa con un muro infranqueable, y el ciudadano común observa cómo los servicios básicos se deterioran. Los que nos quedamos hemos tenido que desarrollar una piel gruesa contra la demagogia, entendiendo que el rigor profesional y el trabajo diario son los únicos antídotos contra la mediocridad circundante.

Al mismo tiempo, amigo mío, los zacatecanos seguimos esperando un mesías que se siente en una silla y resuelva todos estos déficits institucionales y comunitarios, los que todos sabemos solo se corrigen con rigor técnico, continuidad en las políticas públicas, trabajo profesional diario y una ciudadanía que deje de comportarse como acomodaticia espectadora para convertirse en un contrapeso inflexible. Sigo pensando, como platicamos muchas veces, que mientras Zacatecas siga buscando un salvador en lugar de construir instituciones sólidas y exigir cuentas con seriedad, seguirá atrapado en el mismo ciclo de ilusión y desencanto.

Finalmente, tu paso fugaz por aquí no puede limitarse al abrazo nostálgico ni a la charla complaciente de café. Quienes vienen de visita después de oxigenarse en otras latitudes tienen la oportunidad —y quizás la obligación— de mirar nuestra realidad sin los vicios del acostumbramiento, de cuestionar el silencio local y de recordarnos que lo que aquí ocurre no es normal ni inevitable.

Encontrarás un Zacatecas cansado, más consciente de sus grietas, pero peligrosamente cerca del cinismo. Tu estadía será corta, pero espero que tu mirada crítica nos ayude a sacudir la desidia y la incompetencia que han dejado caer a nuestra tierra.

Disfruta tus días en casa, querido amigo, pero no dejes de mirar con rigor el suelo que pisas.

Un abrazo