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Sí es terrorismo

Por el psicólogo clínico y criminológico Alejandro Murillo

Diez personas colgadas. No es una imagen que busque únicamente ocultar un crimen; es una imagen diseñada para ser vista. Para ser comentada. Para ser fotografiada. Para sembrar miedo.

Cuando un acto de violencia deja de dirigirse exclusivamente contra sus víctimas y comienza a enviar un mensaje a toda la sociedad, deja de ser un homicidio aislado. Se convierte en una estrategia de comunicación mediante el terror.

En Zacatecas hemos normalizado escenas que hace apenas algunos años habrían resultado impensables. Cadáveres abandonados en lugares públicos, bloqueos, vehículos incendiados, cuerpos exhibidos y mensajes dirigidos no sólo a grupos rivales, sino también a la ciudadanía. Cada uno de estos hechos tiene un componente simbólico: demostrar poder y convencer a la población de que nadie está a salvo.

Por eso resulta inevitable plantear una pregunta incómoda: ¿no estamos frente a manifestaciones que utilizan el terror como instrumento de control social?

Desde la criminología, el terrorismo no se define únicamente por la ideología de quien lo ejecuta. Su elemento central es el uso de la violencia para intimidar a una población y generar un impacto psicológico que trasciende a las víctimas directas. El miedo deja de ser una consecuencia y se convierte en el objetivo.

Cuando aparecen diez personas colgadas, el mensaje no está dirigido solamente a quienes perdieron la vida. El destinatario somos todos. Es el comerciante que decide cerrar temprano. Es la madre que ya no deja salir a sus hijos. Es el empresario que cancela una inversión. Es el estudiante que modifica sus rutas. Es una sociedad completa que aprende a vivir con miedo.

Por supuesto, corresponde a las autoridades investigar estos hechos y determinar las responsabilidades penales y la posible configuración de los delitos conforme a la ley. Sin embargo, desde una perspectiva criminológica, ignorar el efecto de terror colectivo que producen estos actos sería cerrar los ojos ante una parte fundamental del fenómeno.

Las organizaciones criminales no sólo disputan territorios; disputan percepciones. Necesitan que la población crea que son omnipresentes, invencibles y capaces de imponer sus propias reglas. Su principal arma no siempre es el fusil. Muchas veces es el miedo.

Y cuando el miedo se convierte en un mecanismo deliberado de control social, vale la pena preguntarnos si seguimos describiendo correctamente lo que ocurre.

Quizá el verdadero problema no sea llamarlo terrorismo.

Quizá el problema sea negarnos a reconocer que el terror ya forma parte de la vida cotidiana.