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El café como espacio liminal

Por Priscila Sánchez

Cápsulas literarias

Hay algunos cafés
tan aproximados a la vida.
Señorita Etcétera 

El concepto de lo liminal (latín limen, que significa «umbral») nos remite al cruce entre realidades distintas. Hay algo de mágico en el cruce del umbral, tras el cual la realidad adquiere nuevos matices, las cosas funcionan bajo su propia lógica, es un espacio de transformación. 

No es fortuito que uno de los arquetipos que señala Joseph Campbell, en su Viaje del héroe, sea precisamente el cruce del primer umbral, mediante el cual se accede al mundo extraordinario en donde acontece la aventura que transformará a dicho héroe. Es ahí donde se suscita una especie de alquimia. 

Los espacios liminales no siempre son lugares visibles a todas las miradas, a veces se esconden, se camuflan y pasan inadvertidos; puede tratarse de un cruce de caminos, una puerta, una ventana, un baúl o una cueva, también puede ser un acontecimiento, una metáfora, la imaginación o la sensibilidad. 

El café surge como un espacio liminal por excelencia, es un sitio “entre”, que no es la casa ni el trabajo o la escuela, tampoco es la calle, sino que se trata de una especie de refugio que invita a la pausa, al detenimiento, a la sutil rebeldía de “no hacer nada”. Si bien, es un espacio suspendido, puede ser también un escenario de transformaciones. El café puede funcionar como un umbral entre la rapidez de la vida cotidiana y la contemplación, entre el aislamiento y la sociabilidad. 

La idea de la liminalidad ha sido estudiada desde distintas perspectivas. El antropólogo Victor Turner utilizó este concepto para describir un estado intermedio en el que una persona deja atrás una condición sin haber alcanzado todavía la siguiente. Se trata de un momento de transición, abierto a nuevas posibilidades, en el que la experiencia adquiere significados y matices distintos.

En este sentido, sentarse en un café sin otro propósito que leer, escribir, conversar o simplemente observar adquiere el carácter de una discreta forma de resistencia, que rompe con la lógica de una época determinada por la velocidad.

Es preciso volver a las mesas del café, a la conversación, a los libros, a la hoja en blanco, a la presencia y materialidad del mundo. 

Imagen: Edward Hopper, Nighthawks (Noctámbulos), 1942.