El problema de la procrastinación
Por psicólogo clínico y criminológico Alejandro Murillo
La procrastinación no es simple flojera
Mucho se ha especulado sobre si la procrastinación —el postergar constantemente las cosas, dejar pendientes para después o sentir una enorme dificultad para iniciar tareas— se trata simplemente de flojera o falta de voluntad. Como si la persona procrastinara únicamente porque no quiere esforzarse.
Sin embargo, me parece que esa explicación resulta demasiado simplista para un fenómeno mucho más complejo.
Porque si observamos con detenimiento lo que ocurre en alguien que procrastina de manera constante, encontraremos algo muy importante: la procrastinación produce sufrimiento. Produce ansiedad, culpa, enojo consigo mismo, frustración y, muchas veces, una profunda sensación de incapacidad. La persona suele saber perfectamente lo que tiene que hacer. Sabe incluso las consecuencias de no hacerlo. Y aun así, siente una enorme dificultad para comenzar.
Entonces surge una pregunta importante: si procrastinar genera tanto malestar, ¿por qué alguien lo haría voluntariamente?
Quizá el problema es que no hemos entendido verdaderamente qué es la procrastinación.
Más que un problema de flojera, muchas veces la procrastinación es una consecuencia emocional. Particularmente, una consecuencia de la ansiedad.
Existe algo que podríamos llamar una ansiedad óptima. Es decir, un nivel de activación emocional suficiente para impulsarnos a actuar, pero no tan elevado como para paralizarnos. Una cierta dosis de ansiedad es necesaria en la vida. De hecho, sin ella probablemente no tendríamos urgencia de hacer absolutamente nada. La ansiedad, en niveles adecuados, funciona como un motor: nos ayuda a prepararnos, enfocarnos y responder ante las demandas del entorno.
Pero cuando esa ansiedad supera cierto límite, deja de impulsarnos y comienza a aplastarnos.
Aquí es donde entran las respuestas ante el miedo. Las más conocidas son la lucha y la huida. Cuando una persona logra enfrentar una situación, generalmente existe ansiedad, sí, pero una ansiedad manejable, una activación suficiente para actuar. En ese caso, la ansiedad impulsa la conducta.
Sin embargo, cuando la ansiedad se vuelve demasiado elevada, el cerebro deja de percibir la tarea únicamente como una responsabilidad y comienza a percibirla como una amenaza. Entonces aparece la evitación.
La procrastinación puede entenderse precisamente como eso: una forma de huida o incluso de parálisis frente a tareas que generan demasiada ansiedad.
No es raro que las personas procrastinen actividades relacionadas con:
miedo al fracaso,
perfeccionismo,
temor a equivocarse,
saturación emocional,
presión excesiva,
o miedo a no ser suficientemente buenas.
Y aquí ocurre algo muy interesante desde el punto de vista psicológico. Cuando la persona evita la tarea, la ansiedad disminuye momentáneamente. Hay un alivio inmediato. Aunque sea breve.
El problema es que el cerebro aprende rápidamente esa asociación:
“Evitar me hace sentir mejor.”
Y así comienza el ciclo.
La tarea genera ansiedad.
La persona evita.
Siente alivio.
Después aparece culpa y más presión.
La tarea se vuelve todavía más amenazante.
Y entonces procrastina aún más.
Por eso la procrastinación no suele resolverse únicamente con frases como “échale ganas” o “solo ten disciplina”. Porque el problema no siempre está en la voluntad, sino en la relación emocional que la persona tiene con aquello que debe enfrentar.
En muchos casos, la salida no consiste únicamente en obligarse a actuar, sino en aprender a disminuir los niveles de ansiedad que rodean la tarea. Dividir objetivos, reducir perfeccionismo, tolerar el error y entender que comenzar imperfectamente suele ser mejor que esperar eternamente el momento ideal.
Quizá la procrastinación no sea simplemente flojera.
Quizá, muchas veces, sea ansiedad disfrazada de postergación.