Frankenstein y la crítica hacia los ideales de la ilustración (Parte I)
Por Priscila Sarahí Sánchez Leal
Ante el predominio de la razón ilustrada y la confianza absoluta en el progreso científico surge en Europa el Romanticismo, a finales del siglo XVIII y principios del XIX, a manera de respuesta y como una forma de ruptura tajante.
El Romanticismo no rechazaba el conocimiento, pero sí ponía el acento en la experiencia humana, volvía la mirada a la imaginación, las pasiones y lo subjetivo, explorando todo aquello que quedaba fuera de los límites de la razón y la objetividad.
La naturaleza se tornaba un ente sublime y completamente emocional, que proyectaba el mundo interior que se desplegaba en el ser humano, con todos su matices y contradicciones.
En la literatura, los escritores empezaron a explorar nuevas vetas, a través de personajes solitarios, melancólicos o marginados. La obra Frankenstein, de Mary Shelley, publicada en 1818, participa profundamente de esta sensibilidad y estética románticas.
La obra se adentra en temas como la soledad, el deseo de afecto, los claroscuros de la ciencia, los límites del conocimiento humano, la venganza, lo trágico y el abandono, además de plantear cuestiones éticas y morales, así como cuestionar la monstruosidad humana.
La novela surgió durante el verano de 1816, en la Villa Diodati (Suiza), en donde la autora, Mary Shelley, se encontraba junto con otros escritores en el castillo de Lord Byron, cerca del lago de Ginebra.
Fue el propio Lord Byron quien, ante el mal clima provocado por la erupción del volcán Tambora, propuso un reto en el que participaron él, Mary Shelley, John Polidori y Percy Shelley, que consistía en escribir un relato de terror.
El reto surgió luego de haber pasado varios días en el castillo, sin poder salir, y contando historias de fantasmas, hablando sobre ciencia, la vida humana y otros temas de interés para ellos.
Una de las obras que resultaron de este verano y reto fue Frankenstein o el moderno Prometeo, novela que narra la historia de Victor Frankenstein, un joven científico suizo que, cautivado por sus estudios de química, filosofía natural, anatomía y fisiología, se obsesiona con la idea de entender el secreto de la vida y dotar de ésta a un cuerpo artificial.
A partir de intensas sesiones de estudio, Victor reúne distintas partes de restos humanos, con las cuales logra darle vida a otro ser, no obstante, luego de contemplar la fealdad y lo grotesco de la criatura, la rechaza, la abandona y cae enfermo.
Mientras el científico se encuentra preso de la fiebre y la enfermedad, que trajeron consigo la impresión de ver a su creación de pie y con vida, el nuevo ser sale a descubrir el mundo que le rodea, con una singular fascinación por todo y todos.
Esto propicia una serie de acontecimientos que se desarrollan en la obra, en la cual primero se sigue la impresión, pensamientos y emociones de Víctor, luego el lector se adentra en lo que ha sido de la criatura en el mundo, quien desarrolla una gran sensibilidad, inteligencia y conciencia de su propia vida.
Su aspecto monstruoso es lo que condena a la criatura al rechazo, a la soledad, el sufrimiento y la venganza hacia su creador. En tanto que Victor se verá atrapado en las consecuencias de su creación y una persecución a muerte.
La obra, en sus diversas vías de interpretación, puede entenderse como una crítica hacia los ideales de la Ilustración, sobre todo en lo referente a la confianza absoluta en la razón y en la ciencia, como únicas vías para el “progreso” humano…