Salud mental: lo que no se ve, pero estalla
Por el psicólogo clínico y criminológico Alejandro Murillo
Hay hechos que nos sacuden no solo por lo que ocurrió, sino por dónde ocurrió. Teotihuacán no es cualquier sitio: es símbolo, es historia, es identidad. Por eso, cuando la violencia irrumpe en un espacio así, la pregunta no debería quedarse en el “qué pasó”, sino avanzar hacia algo más incómodo y necesario: ¿qué estamos dejando de atender como sociedad?
Hablar de salud mental en contextos de violencia suele parecer insuficiente, incluso ingenuo. Como si fuera un tema menor frente a la magnitud del problema. Pero es justo ahí donde está uno de los errores más frecuentes: pensar que la violencia surge de la nada, como un acto aislado, desconectado de procesos internos, sociales y emocionales que llevan tiempo gestándose.
La mayoría de las conductas violentas no aparecen de forma espontánea. Suelen estar precedidas por acumulaciones: frustración no gestionada, impulsividad, distorsiones en la forma de interpretar la realidad, consumo de sustancias, aislamiento, historias de violencia previas. Factores que, sin atención oportuna, pueden escalar hasta puntos críticos.
Esto no implica simplificar el problema ni reducirlo a lo individual. La violencia también es estructural, responde a contextos sociales, económicos y culturales. Pero ignorar la dimensión psicológica es dejar incompleta la ecuación.
La salud mental no es solo tratar trastornos diagnosticados. Es, sobre todo, prevención. Es enseñar a regular emociones, a identificar pensamientos extremos, a desarrollar habilidades para resolver conflictos sin recurrir a la agresión. Es generar redes de apoyo reales, accesibles, donde pedir ayuda no sea un acto de debilidad, sino de responsabilidad.
El problema es que seguimos llegando tarde.
Como sociedad, invertimos más en reaccionar que en prevenir. Nos movilizamos cuando ya hubo daño, cuando la tragedia ya tiene nombre y rostro. Pero poco se hace en lo cotidiano: en las escuelas, en las familias, en los espacios laborales, donde muchas de estas historias empiezan a tomar forma sin que nadie las note.
Lo ocurrido en Teotihuacán no se explica únicamente desde la seguridad pública. También exige una mirada más amplia, donde la salud mental tenga un lugar central en la conversación. No como una solución mágica, pero sí como un componente indispensable.
Porque la prevención real no empieza en el momento de la crisis. Empieza mucho antes, en aquello que no se ve, en lo que se calla, en lo que se posterga.
Y mientras eso siga siendo invisible, seguiremos sorprendidos por lo inevitable.