La justificación: el rostro invisible del miedo
Por psicólogo clínico y criminológico Alejandro Murillo
En el discurso cotidiano solemos hablar del miedo como una emoción que paraliza, que bloquea o que empuja a huir. Lo imaginamos como algo evidente: manos sudorosas, pensamientos catastróficos, evitación directa. Sin embargo, hay una forma mucho más silenciosa, sofisticada y socialmente aceptada en la que el miedo se manifiesta: la justificación.
Justificamos relaciones que nos dañan, decisiones que nos limitan y contextos que, en el fondo, sabemos que nos lastiman. Y no lo hacemos por ignorancia ni por falta de inteligencia emocional. Tampoco por una supuesta “debilidad de carácter”, como tantas veces se señala desde el juicio externo. Lo hacemos por algo mucho más complejo: el miedo a enfrentar las consecuencias de ver la realidad tal como es.
Porque ver con claridad implica, casi siempre, la necesidad de actuar. Y actuar implica riesgo.
En consulta psicológica, es frecuente escuchar frases como “no es para tanto”, “también tiene cosas buenas”, “yo lo provoqué”, “seguro estaba estresado”, o “todas las parejas pasan por esto”. Estas expresiones no son simples opiniones ni intentos de narrativa casual; son construcciones psicológicas que cumplen una función muy específica: amortiguar el impacto emocional de una verdad difícil de sostener.
Desde una perspectiva clínica, podríamos entender la justificación como un regulador emocional. Su función inmediata es reducir la ansiedad, la culpa, la disonancia cognitiva o el miedo. El problema no es que exista —de hecho, en cierto grado es una estrategia adaptativa—, sino que se cronifique.
Cuando la justificación se vuelve el filtro principal a través del cual interpretamos la realidad, deja de protegernos y comienza a atraparnos.
Aquí es donde resulta útil pensar, como propongo, en la justificación como una respuesta ante el miedo. Tradicionalmente hablamos de respuestas como lucha, huida o congelamiento. Pero en contextos complejos —especialmente en dinámicas relacionales— emerge una cuarta forma más sutil: justificar.
Justificar es, en el fondo, una forma de no moverse.
Particularmente en contextos de violencia, esta dinámica adquiere una relevancia crítica. No es raro que personas que viven violencia minimicen, expliquen o incluso defiendan conductas agresivas. Desde fuera, esto suele generar frustración e incomprensión: “¿por qué sigue ahí?”, “¿por qué lo defiende?”, “si sabe que está mal, ¿por qué no se va?”.
Estas preguntas, aunque comprensibles, parten de una premisa incompleta. Asumen que el problema es la falta de información o de conciencia, cuando en realidad, en muchos casos, el problema es el miedo.
Miedo a la soledad, al abandono, a la inestabilidad económica, al juicio social, a perder un proyecto de vida, o incluso a que la violencia escale si se confronta. Miedo, también, a enfrentarse con una verdad devastadora: que la persona en la que se ha depositado amor, tiempo e identidad también puede ser quien daña.
Aceptar eso no es solo un acto cognitivo, es una ruptura emocional profunda.
Por eso, la justificación no debe leerse únicamente como negación, sino como intento de preservar algo: estabilidad, sentido, vínculo, identidad. Es una forma de sostener una realidad que, de otro modo, se volvería insoportable.
Sin embargo, el costo es alto. Porque mientras se justifica, no se transforma. Mientras se explica, no se confronta. Y mientras no se confronta, la situación tiende a perpetuarse o incluso a escalar.
Esto tiene implicaciones importantes no solo a nivel clínico, sino también social y legal. Si entendemos la justificación como una respuesta ante el miedo, cambia la manera en que intervenimos. Deja de ser útil confrontar directamente el discurso (“eso está mal”, “deberías salir de ahí”) y se vuelve más relevante explorar qué hay debajo de esa narrativa.
¿Qué está sosteniendo esa justificación?
¿Qué se teme perder si se deja de justificar?
¿Qué consecuencias se anticipan?
En el ámbito de la violencia de pareja, esto es especialmente importante. Muchas veces, la permanencia en contextos violentos se interpreta desde afuera como elección libre, sin considerar los múltiples factores psicológicos, emocionales y estructurales que operan. Entender la función de la justificación permite complejizar esta lectura y, sobre todo, evitar la revictimización.
No se trata de romantizar ni de validar la permanencia en situaciones de daño, sino de comprender los mecanismos que la hacen posible. Porque solo desde la comprensión es posible intervenir de manera efectiva.
Quizá el reto no es eliminar la justificación —lo cual sería incluso irreal—, sino hacerla consciente. Volverla visible. Interrogarla.
Preguntarnos: ¿qué estoy evitando ver?, ¿qué pasaría si dejo de justificar esto?, ¿qué es lo que realmente me da miedo?
Nombrar el miedo no lo hace desaparecer, pero sí cambia la relación que tenemos con él. Nos permite pasar de una respuesta automática a una postura más deliberada. Nos devuelve, en cierta medida, la agencia.
Y en contextos donde el miedo ha tomado el control, recuperar la capacidad de elegir no es un detalle menor: es el inicio de cualquier transformación posible.