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Sueros vitaminados. ¡Ya basta!

Por Antonio Sánchez González. Médico.

¿Me puede recetar unas vitaminas? Esa es, posiblemente, una de las preguntas más comúnmente hechas en la consulta diaria de un clínico. Se nos piden recomendaciones de vitaminas para propósitos diversos, que van desde cansancio hasta la idea de cubrir supuestas deficiencias alimentarias, pasando por la prevención o cura de enfermedades, algunas serias como cáncer, demencia, osteoporosis o cardiopatías, o para vivir más años: las vitaminas son en el ideario popular la forma más accesible de sentirse bien, evitar enfermar y de la longevidad.

El mercado mundial de vitaminas compite en tamaño con los de antibióticos y analgésicos. Los tres ocupan los primeros lugares en ganancias derivadas de ventas de drogas en el mundo. El comercio de vitaminas ha tenido incrementos vertiginosos en periodos largos de las últimas décadas; por ejemplo, en los Estados Unidos el aumento fue tal que alrededor del 53% de los norteamericanos adultos toman diariamente algún mutivitamínico o suplemento alimenticio, y las tendencias en México, el Reino Unido, Japón y la Unión Europea tienen el mismo sentido. En 2010, el monto gastado por los estadounidenses en vitaminas fue de 28 mil millones de dólares, con incrementos anuales cercanos al 39% en el gasto por persona. En México, los datos son difíciles de obtener por culpa de marcas como Omnilife, Simi, Herbalife y Shaklee, entre otras, que no son sujetas de regulación por nuestras leyes.

Nunca, nadie, pudo demostrar a través de investigaciones con rigor científico, que las vitaminas hagan que alguien se sienta mejor o viva más. Ya desde 1988, un estudio clínico hecho en miles de pacientes chinos observados por más de 10 años relacionó el uso de vitaminas E y A, y minerales “antioxidantes” como el selenio, con aumento del riesgo de morir por todas las causas, pero particularmente con cáncer de pulmón, lo que modificó la tendencia global de consumo de estos compuestos, cosa que no sucedió en México. Después, otra serie de observaciones clínicas que se publicaron en 2011 alertaron a la comunidad médica acerca de la relación entre los multivítamínicos, particularmente los que contienen dosis grandes de vitaminas B, ácido fólico, hierro y cobre, con aumento del riesgo de muerte equivalente a un acortamiento importante de la expectativa de vida.

En el último mes de 2013, el American College of Physicians, publicó en -su órgano científico- Annals of Internal Medicine los resultados de otra serie de investigaciones rigurosas (Enough Is Enough: Stop Wasting Money on Vitamin and Mineral Supplements | Annals of Internal Medicine) practicadas en cerca de medio millón de pacientes observados por décadas con el propósito de demostrar si las vitaminas, inyectadas, tomadas, o en terapias como las llamadas “quelaciones”, eran eficaces para una caterva de cosas como mejorar la memoria, la inteligencia o las habilidades para el aprendizaje, reducir el riesgo de patologías como la enfermedad de Alzheimer y diversas cardiopatías, particularmente para saber si reducen el riesgo derivado de los infartos del corazón. Las conclusiones son contundentes: para nada de eso sirven. La información en el mismo sentido no ha ido más que incrementándose en la última década y media absolutamente en el mismo sentido. La observación de los datos obtenidos de cientos de miles de pacientes que han tomado compuestos vitamínicos con las más diversas formulaciones y con las más diversas hipótesis clínicas por probar han reafirmado las mismas.

Estos datos vuelven más doloroso y terrible el escenario del fallecimiento de casi una decena de personas que acudieron a administrarse unos sueros vitaminados en una clínica de infusiones en Sonora en la última semana. El recuento de los cuadros clínicos de los recipientes de estas pócimas enmascara varias tragedias, una de ellas fundamental: no había forma de conseguir algún beneficio de la infusión de esos líquidos intravenosos. No había ciencia en esos sueros.

El mensaje es simple: Las vitaminas no previenen enfermedades crónicas, no reducen el riesgo de morir y no causan bienestar. Basta ya de gastar en eso. Basta ya de morir por ello.