Navegar / buscar

El legado de Juárez frente al nuevo intervencionismo

Por Jaime Santoyo Castro

Al conmemorar un aniversario más del nacimiento de Benito Juárez, es oportuno recordar que en la historia de México, pocas figuras han logrado condensar en una sola idea el sentido de la soberanía nacional como lo hizo Juárez.

Su célebre principio – “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz” – no es una frase decorativa ni un recurso retórico para discursos oficiales; es, en realidad, una doctrina política que hoy cobra renovada vigencia en un contexto internacional marcado por tensiones, presiones económicas y tentaciones intervencionistas.

Juárez no formuló ese principio desde la comodidad del poder consolidado. Lo hizo en medio de la adversidad: invasiones extranjeras, guerra civil, crisis económica y un Estado en construcción. La defensa de la soberanía mexicana frente a la intervención francesa no fue únicamente una lucha militar, sino una afirmación jurídica y moral del derecho de los pueblos a decidir su destino sin injerencias externas. En ese sentido, el juarismo es, ante todo, una filosofía de resistencia institucional.

Hoy, más de siglo y medio después, el escenario ha cambiado en las formas, pero no en el fondo. Las relaciones internacionales siguen siendo un terreno donde el poder económico, político y militar busca imponerse sobre la autodeterminación de los Estados. En este contexto, la figura de Donald Trump ha reactivado una lógica que muchos consideraban superada: la presión unilateral, el uso de aranceles como instrumento político, la amenaza de sanciones, la intervención militar y el discurso que reduce la cooperación internacional a una negociación de fuerza.

Donald Trump no ha ocultado su visión transaccional de la política exterior. México es objeto recurrente de presiones en materia arancelaria, migratoria, comercial y de seguridad como mecanismos de coerción evidencian una postura que, pretendiendo revestirla de legalidad interna, roza los límites del respeto entre naciones soberanas.

El contraste con el pensamiento juarista es evidente. Mientras Juárez apostaba por el equilibrio entre Estados a partir del reconocimiento mutuo de derechos, el enfoque intervencionista contemporáneo tiende a privilegiar la asimetría de poder como herramienta de negociación. La diferencia no es menor: se trata de dos visiones del orden internacional, una basada en principios y otra en la correlación de fuerzas.

Sin embargo, el legado de Juárez no debe entenderse como una postura pasiva o meramente defensiva. No se trata de invocar la soberanía como escudo retórico mientras se toleran dependencias estructurales. El verdadero desafío para México en el siglo XXI es traducir ese principio en política exterior efectiva: diversificación económica, fortalecimiento institucional y una diplomacia firme, pero inteligente.

La lección juarista es doble. Por un lado, reafirma que ningún país, por poderoso que sea, tiene legitimidad para imponer unilateralmente su voluntad sobre otro. Por otro, exige a los Estados que aspiran a la soberanía actuar con responsabilidad interna, construyendo instituciones sólidas y cohesionando a su sociedad. La soberanía no se proclama; se ejerce.

En una época donde resurgen discursos nacionalistas excluyentes y prácticas de presión internacional, recordar a Juárez no es un ejercicio nostálgico, sino una necesidad política. Su legado ofrece un marco ético y jurídico para replantear la posición de México en el mundo: no como un actor subordinado ni como un antagonista estéril, sino como una nación que exige respeto en la misma medida en que lo otorga, como lo ha expresado en diversas ocasiones nuestra Presidenta Claudia Sheinbaum.

El reto contemporáneo consiste en hacer vigente ese principio en un entorno global complejo, donde las reglas no siempre son claras y el poder se ejerce de múltiples formas. Frente a ello, el pensamiento juarista sigue siendo una brújula: firme en los principios, prudente en la acción y consciente de que la paz entre las naciones no es un acto de buena voluntad, sino el resultado del respeto efectivo al derecho ajeno.