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La enfermedad de Lucy Westenra

Por Priscila Sarahí Sánchez Leal

Ahí sobre la cama, en un aparente desmayo, yacía la pobre Lucy, más terriblemente blanca y pálida que nunca. No es demasiado tarde. Todavía late, aunque muy débilmente. Todo nuestro trabajo se ha perdido; debemos comenzar otra vez.

-Drácula

El siglo XIX fue un periodo caracterizado por su confianza en el progreso, la razón y la objetividad. La ciencia avanzaba con pasos firmes, y un tanto agigantados, para descifrar los misterios que albergaba el cuerpo humano, la mente y la naturaleza.

El Positivismo, fundado por Auguste Comte, fue una de las corrientes filosóficas más influyentes de la época, dejando de lado el pensamiento teológico y mítico, para instaurarse en un conocimiento basado en hechos observables y comprobables mediante la ciencia y el método científico. En el terreno de la literatura, hubo grandes obras que exploraron estas inquietudes, tensiones y búsquedas que se dieron durante este siglo, aunque dichas obras evidencian que es imposible acceder a un conocimiento absoluto y, en ese afán de “progreso”, siempre hay algo que se escapa de las manos del hombre. Algunas obras literarias que muestran las contradicciones del siglo XIX, y el resquebrajamiento de la fe en la razón y la ciencia, son Frankenstein (1818), El extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde (1886), La máquina del tiempo (1895), Drácula (1897), por mencionar algunas. Este texto está precisamente dedicado a uno de los pasajes más extraños y lúgubres de la novela Drácula, de Bram Stoker, que es la enfermedad de la joven Lucy Westenra.

La obra, narrada a partir de diarios y cartas, inicia con la visita del joven Jonathan Harker al castillo del conde Drácula en Transilvania. Durante la estancia de Jonathan le suceden una serie de acontecimientos que lo llevan al borde del colapso, hechos que quedan registrados en su diario, el cual es leído por su prometida, Mina Murray, tras la enfermedad que recae en el joven Jonathan. De manera paralela a la estancia de Jonathan, se desarrolla la historia de Lucy Westenra, íntima amiga de Mina.

Al principio, la joven aparece radiante y querida por todos aquellos que la rodean y se muestra entusiasmada por su compromiso con Arthur Holmwood. Sin embargo, un curioso padecimiento irrumpe en su tranquila vida que, de algún modo pudiera representar la vida victoriana, aparentemente en orden y bajo control. Los primeros signos de la enfermedad surgen de manera discreta, apenas perceptible.

Lucy empieza a sufrir episodios de sonambulismo cada vez más frecuentes y a mostrar un cansancio y palidez inexplicables. Lentamente, su salud se va debilitando, la palidez se instaura en su rostro mientras que la energía disminuye cada día. Al principio, estos síntomas se interpretan por sus allegados como una debilidad pasajera, por lo que le recomiendan descanso. Se considera que la atención médica bastaría para que la joven retorne a su vitalidad característica. Los episodios en los que ella mejora notablemente y sus recaídas, cada vez más severas, se van alternando, hasta que no hay marcha atrás. El deterioro continúa y cada mañana Lucy despierta más debilitada y pálida que la noche anterior.

En su cuello aparecen dos pequeñas marcas, apenas visibles, que nadie puede explicar con certeza. La preocupación va en aumento, por lo que el psiquiatra John Seward y el prestigioso profesor Abraham van Helsing intentan salvarla mediante varias transfusiones de sangre, procedimiento novedoso para la época. En cada transfusión, Lucy recupera algo de su vitalidad perdida, pero ese alivio es breve y las recaídas se vuelven mas difíciles de controlar. La enfermedad se va imponiendo de manera gradual, lo que hace más inquietante este episodio. Pese a los exhaustivos intentos, por distintas vías, de Seward y van Helsing, que también los van debilitando a ellos, no hay un momento de claridad en el que pueda afirmarse el causante de la enfermedad de Lucy, sino que el proceso se va dando de una forma lenta, inexorable, nocturna y casi invisible.

Mientras Lucy pierde fuerzas y es evidente su temor a dormir, pues se muestra inquieta y dice tener intensas pesadillas que luego olvida, quienes tratan de ayudarla también se enfrentan a la impotencia y frustración de ver todos sus intentos fallidos y no comprender lo que sucede.

Cuando la enfermedad parece llevar a Lucy hacia el fin, el enigma del padecimiento lleva principalmente a van Helsing a aventurar hipótesis al margen de la ciencia, que sitúan a los personajes en escenarios aún más oscuros. La amenaza que acecha a Lucy está fuera de las posibilidades lógicas y ordinarias, se sitúa en un terreno oscuro en donde lo racional se pierde frente a lo inexplicable y extraordinario, conduciendo a la joven a una transformación terrible, que pone en jaque el avance y conocimiento de los hombres.