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97 años del PRI: ¡aniversario sin velas ni aplausos!

Por Jaime Santoyo Castro

Noventa y siete años obligan a algo más que un recuento histórico.

Obligan a fijar una postura. Y en política, no asumir una postura clara, también es una decisión, casi siempre equivocada.

Hoy no se trata de repetir consignas ni de administrar nostalgia. Vengo a hablar desde una convicción profundamente institucional: los partidos no se legitiman por su historia, sino por su utilidad presente para la nación.

El PRI nació cuando México necesitaba orden, reglas y continuidad. Y hay que decirlo con precisión histórica: cumplió esa función. Transformó la lógica de la fuerza en lógica institucional; convirtió la incertidumbre revolucionaria en estabilidad política; construyó el andamiaje jurídico, administrativo y social que permitió que el país funcionara durante décadas.

Desde una perspectiva de Estado, ese mérito es innegable.

Desde una perspectiva jurídica, fue el momento fundacional de la legalidad moderna en México.

Pero el derecho enseña algo fundamental: toda institución que no se somete a revisión termina por deformarse, y eso fue lo que ocurrió.

El PRI no solo gobernó; ocupó el espacio completo del poder.

Y cuando el poder carece de contrapesos reales, inevitablemente se debilita la legalidad, se relaja la rendición de cuentas y se normalizan prácticas que hoy sabemos que fueron profundamente dañinas.

No se trata de juzgar el pasado con ligereza moral, sino de entender sus consecuencias políticas.

El autoritarismo no fue una desviación ocasional; fue una forma de administrar el sistema.

La corrupción no fue una anomalía; fue un mecanismo tolerado de operación.Y la confusión entre partido, gobierno y Estado minó la confianza ciudadana en las instituciones que el propio PRI ayudó a construir.

Por eso la transición democrática no fue solo electoral. Fue una reacción social al agotamiento de un modelo.

Sin embargo. – y aquí está una de nuestras mayores fallas, – el PRI entendió la alternancia como una derrota política, pero no como una llamada ética. Perdimos el poder, pero no revisamos con la profundidad necesaria las causas de fondo. Y cuando no se hace autocrítica real, se repiten los errores con distinto discurso.

Hoy el país vive una crisis de confianza en la política, en los partidos y en las instituciones. Y debemos decirlo con responsabilidad: esa crisis no surgió de la nada. Es resultado de años de simulación, de impunidad y de alejamiento entre el poder y la sociedad.

El México actual exige algo muy distinto a lo que el PRI fue durante décadas.Exige legalidad sin excepciones, instituciones que funcionen sin tutelajes, gobiernos que rindan cuentas, y partidos que no negocien principios por cuotas de poder.

Y aquí debemos ser claros: el PRI no puede aspirar a recuperar relevancia si no asume una defensa auténtica del Estado de derecho, no solo como discurso, sino como práctica política cotidiana.

No basta hablar de experiencia.La experiencia sin congruencia no es virtud, es advertencia.

No basta señalar errores del gobierno en turno. La crítica es legítima solo cuando proviene de una autoridad moral construida, no heredada.

Si el PRI quiere volver a ser opción, debe convertirse en un partido institucional en el sentido más estricto del término: defensor de la ley, de la división de poderes, del federalismo real y de la seguridad jurídica de las personas.

Debe romper, sin ambigüedades, con el patrimonialismo del poder.Debe dejar de normalizar la idea de que “la política es así”.Debe entender que sin ética pública no hay viabilidad política, por más alianzas o estrategias electorales que se construyan.

Hoy, a 97 años de su fundación, el PRI enfrenta una decisión que no es ideológica, sino histórica:¿Quiere ser un partido que administra su pasado, o un partido que asume su responsabilidad frente al futuro?Porque el país no necesita partidos longevos; necesita partidos confiables.No necesita discursos conmemorativos; necesita coherencia institucional.

Este aniversario debería marcar un punto de inflexión. No para regresar al poder a cualquier costo, sino para volver a merecer la confianza ciudadana desde la legalidad, la responsabilidad y el compromiso real con México.

Si el PRI entiende que su razón de ser ya no es controlar, sino servir; ya no es administrar inercias, sino defender instituciones; entonces todavía tiene espacio en la vida pública nacional.

De lo contrario, la historia será clara y severa: los partidos que no se transforman a tiempo no desaparecen de golpe, sólo se diluyen.

Y México no necesita más simulación política. Necesita partidos que estén a la altura del país que hoy existe.

¡Ese es el reto!

Esa es la responsabilidad y ese debería ser el verdadero sentido de cumplir 97 años.