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Enajenados

Por Priscila Sarahí Sánchez Leal

La palabra enajenación remite, en su origen, a la pérdida de algo propio, volverse ajeno a sí mismo, ceder lo que antes se poseía. Durante siglos, la noción fue pensada en términos económicos, políticos o espirituales, sin embargo, en la actualidad adquiere una forma más silenciosa y cotidiana.

La enajenación ha transitado hacia un terreno menos evidente, que es el de las pantallas. Si bien, los dispositivos prometen conexión global, inmediatez y acceso ilimitado a la información, esa misma disponibilidad constante reorganiza la experiencia del sujeto y el entorno.

El tiempo se fragmenta entre atender notificaciones, en tanto que la atención se dispersa en múltiples ventanas abiertas y la conversación presencial compite continuamente con la atención que demandan los dispositivos y redes sociales.

La enajenación contemporánea no se impone como tal, es decir, no hay una prohibición para que el individuo se implique en la realidad, aunque tampoco es necesario ya que esta es sustituida de forma gradual por su representación.

Se transita por las calles mientras se mira el celular, se oye pero no hay una escucha activa y atenta, se responde de manera impulsiva sin que haya un ejercicio de pensamiento. La percepción, antes sostenida por la continuidad, ahora se vuelve intermitente.

Cabe señalar que la cultura siempre ha estado mediada por artefactos, pero la diferencia reside en la intensidad y la velocidad que estos permiten hoy en día. Las plataformas ofrecen contenidos y modelan nuevos hábitos.

El algoritmo selecciona, anticipa, sugiere y, de forma velada, elige por nosotros. Con el tiempo, la elección parece espontánea, pero en realidad ha sido guiada, a la vez que la perspectiva del mundo se estrecha sin que esta reducción sea del todo evidente.

El pensamiento se adapta a dicho ritmo, de tal manera que la lectura prolongada y atenta se vuelve ardua, casi insoportable, la reflexión que exige demorarse compite con la urgencia de la vida cotidiana.

Se privilegia lo inmediato por encima de lo complejo y lo visible sobre lo profundo, aquello que está debajo del iceberg. En este sentido, el cerebro aprende a desplazarse rápido, pero se olvida de detenerse, de contemplar, de experimentar la vida en la complejidad de sus facetas y posibilidades, el pensamiento crítico de apaga.

En esta forma de enajenación no hay un amo identificable, ya que la servidumbre es voluntaria, casi alegre. Se acepta estar siempre disponible, responder al instante, producir y consumir información en todo momento, incluso en el supuesto descanso.

Aunque es cierto que los dispositivos amplían posibilidades reales y abren espacios de creación inéditos, también resulta problemático cuando la mediación sustituye por completo la experiencia, cuando la pantalla se vuelve un filtro casi exclusivo de lo que se considera mundo.

El tiempo libre se coloniza y tal vez sea esta la forma más sutil de la esclavitud, pues no hay coerción visible, pero sí una completa dependencia que implica desconectarse del mundo y perder la capacidad de habitarlo.