Imaginarios de la mexicanidad en el cine de oro
Por Yarahima N. García Carlos
En esta ocasión hablaré sobre una época del cine mexicano que, si bien personalmente no es mi favorita, posicionó al cine mexicano en la industria cinematográfica internacional, formó un imaginario social sobre la mexicanidad y fue un factor clave para que la siguiente etapa de producciones fílmicas fuese denominada como la crisis del cine.
Se trata de la tan aclamada Época de Oro del cine mexicano (1930-1960). Como menciona Román (2019), «durante este periodo, el cine, en tanto industria y disciplina artística, creció y se consolidó como un medio de comunicación importante, pues brindó al país una derrama económica significativa por los éxitos o los llamados taquillazos» (p. 9).
Dentro de la época del cine de oro podemos encontrar filmes como: Allá en el Rancho Grande (1936), ¡Ay Jalisco… no te rajes! (1941), María Candelaria (1944), Enamorada (1946), Los tres García (1946), Nosotros los pobres (1948), Aventurera (1950), entre muchos más.
De hecho, muchos de los estudiosos del cine indican que la película Allá en el Rancho Grande (1936), dirigida por Fernando de Fuentes, fue la que inició la época dorada y también le dio al cine mexicano su primer premio internacional, en la categoría de Mejor Fotografía en el Festival de Venecia en 1938.
También esta época está marcada por actores y actrices que marcaron el cine, como: Pedro Infante, Jorge Negrete, Cantinflas, Pedro Armendáriz, María Félix, Dolores del Río, Sara García, Katy Jurado, Isabela Corona, Gabriel Figueroa y Arturo de Córdova.
De acuerdo con Román (2019), se destacan seis elementos importantes en esta época: su relación intrínseca con el Estado, la trama peculiar ranchera, la censura, la fama y éxitos de los actores y actrices, el número de salas de cine y la música. Todos ellos, y más, ayudaron a constituir un «éxito» nacional e internacional de este cine.
Este cine estaba ligado con el Estado; es decir, el poder ejecutivo en esos años era quien se encargaba de vigilar qué se producía, qué historias se podían lanzar al cine, así como la manera en que se distribuía. En pocas palabras, el poder ejecutivo fue el encargado de regular qué sí y qué no ver en el cine.
Por ello, en estas películas se puede identificar un México «unido» y nacionalista.
La autora Román (2019) señala que en esa época se produjeron 2,154 cintas, pero que no todas vieron la luz. Dice: «el contraste entre el número de películas producidas entre 1930 y 1960 y la cantidad de cintas que son representativas del cine de oro mexicano es significativo, pues corresponde al 8.2 % de los filmes producidos en tres décadas» (p. 11).
Otro elemento que destaca es el melodrama ranchero. Por ejemplo, en la película Allá en el Rancho Grande (1936) se puede observar cómo se fijó la idealización del México rural, con costumbres y valores que se presentan arraigados en los personajes.
La censura estaba ligada estrechamente con el Estado, pues, como se ha mencionado, era quien permitía qué se veía y qué no; su lema era «condenar todo aquello que dañase la imagen del Estado o lo que afectara las buenas costumbres de la sociedad mexicana».
Como se mencionó, la fama y los taquillazos fueron un elemento importante para la consolidación de esta época, donde la constancia, el prestigio y la fama de actores y actrices le daban mayor permanencia a este tipo de cine.
Cabe destacar que, durante esta época, el incremento de la infraestructura de salas de cine aumentó en gran medida, correspondiendo a la demanda de la sociedad por ver las películas y deleitarse con el «buen cine».
Y, por último, otro elemento importante fue la música, que ayudó a la popularización, pues el acompañamiento sonoro de los melodramas rancheros era imponente y exitoso. De ahí destacan artistas como Agustín Lara y Pedro Infante.
Estos elementos también ayudaron a construir un imaginario social en torno a la esencia de la mexicanidad que se difundió a nivel internacional. A través de la reiteración de ciertos arquetipos —el charro valiente, la mujer abnegada, el México rural idealizado—, el cine de la Época de Oro no solo entretuvo, sino que modeló una visión específica de lo que significaba «ser mexicano». En este sentido, las producciones protagonizadas por figuras como Pedro Infante o Jorge Negrete contribuyeron a fijar patrones de conducta, valores morales y roles de género que funcionaron como referentes culturales dentro y fuera del país. Así, más que reflejar una realidad diversa, este cine tendió a homogenizar la identidad nacional y a establecer estereotipos sobre el deber ser del mexicano, los cuales perduraron en el imaginario colectivo durante varias décadas.
Como se mencionó al inicio, la Época de Oro del cine mexicano fue clave para que las producciones posteriores fueran denominadas como la crisis del cine. Esto se debió a la fuerte construcción simbólica de la mexicanidad, consolidada a través de estas películas, que generó expectativas muy específicas sobre lo que el público consideraba «buen cine mexicano».
En consecuencia, cuando en décadas posteriores nacieron otros géneros, particularmente las llamadas sexicomedias, una parte importante del público y de la crítica percibió estas producciones como una ruptura con la supuesta «dignidad» y el prestigio cultural alcanzado durante la Época de Oro.
Frente al ideal del charro honorable, la familia tradicional y el México rural idealizado —encarnados por figuras como Pedro Infante—, las nuevas propuestas fueron calificadas por algunos sectores como vulgares o de menor calidad.
Así, más que tratarse únicamente de un declive industrial, la llamada crisis del cine también puede entenderse como el resultado de un choque entre expectativas culturales profundamente arraigadas y la transformación de los contenidos cinematográficos.
Referencias bibliográficas:
Román, M. (2019). La construcción de la categoría “cine de oro” en historias del cine mexicano (1970-1980). Cuernavaca, Morelos.
Silva, J. (2011). La Época de Oro del cine mexicano: la colonización de un imaginario social. Universidad de Chile.