El conocimiento, un devenir constante
Por Priscila Sarahí Sánchez Leal
Nos invade una tendencia generalizada a percibir el conocimiento como un inventario de certezas, una suerte de patrimonio estático que se hereda o se adquiere para ser almacenado en los anaqueles de la memoria. No obstante, dicha concepción pareciera ignorar que el saber, lejos de ser un objeto terminado o una estructura ya dada, adquiere mayor sentido como un devenir constante.
No es un puerto de arribo, donde el intelecto descansa tras el fragor de la duda, sino que el conocimiento se erige como una especie de cartografía que se mantiene en perpetua expansión, transformándose continuamente, siempre en movimiento y en dinamismo, jamás se manifiesta de manera rígida, absoluta e inmutable.
Sumergirse en la aprehensión que el conocimiento requiere implica, ante todo, despojarse de la falacia que reduce el entendimiento a una mera acumulación de datos estáticos. Un conocimiento genuino no radica en la respuesta definitiva o última, sino que se encuentra en la tensión dialéctica entre aquello que ignoramos y lo que cuestionamos.
Es en este trayecto que el hito fundamental no es el hallazgo de nuevos parajes, como la configuración de una o múltiples miradas renovadas. A menudo, la costumbre actúa como un velo que opaca la complejidad que se esconde tras lo cotidiano, haciendo invisible lo que está frente a nosotros, por el hecho de ser algo ya conocido o asimilado.
Construir una nueva mirada implica, por tanto, un ejercicio de desaprendizaje, es decir, de fracturar los marcos interpretativos que nos limitan para permitir que la realidad nos interpele con su frescura, que suele pasar inadvertida.
Esta transición, que va de una visión pasiva a una observación activa transforma al sujeto, que se adentra en los vericuetos del saber. Cabe decir que no somos meros receptores de un mundo exterior, sino participantes activos en la creación y recreación, acaso reescritura, de su significado.
Adentrarse en el mundo desde esta óptica, no supone alcanzar o poseer la verdad, de ninguna manera, sino la constante búsqueda de una comprensión de mayor profundidad y complejidad.
Abrazar la idea de que el saber es un proceso inacabado, nos reconcilia con la incertidumbre y reactiva el motor innato de nuestra curiosidad. Cada vez que redefinimos nuestra singular forma de observar, el mundo se expande y aparecen nuevos horizontes y realidades conceptuales diversas, que funcionan como umbrales hacia otras dimensiones del pensamiento.
En este sentido, es preciso habitar el conocimiento como un espacio de transformación, no con el fin de saber más o acumular información, sino aprehender el mundo de otra manera, ensancharlo, dejar de lado una cuestión de egos y aventurarse en la complejidad del pensamiento y existencia humana.