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La salud mental de las mujeres

Por Antonio Sánchez González, Médico.

¿Podemos simplemente tratar la salud mental de las mujeres igual que la de los hombres? Aunque la salud mental, una expresión que describe tanto un estado de bienestar psicológico general como la ausencia de un trastorno o enfermedad mental, ha sido declarada por diversas sociedades como una causa importante, también han surgido varias iniciativas en el mundo para destacar el interés por un enfoque de género hacia el tema, sin embargo, no fue hasta octubre de 2025 que se llevó a cabo la primera asamblea mundial sobre el tema convocada por la OMS.

Las cifras parecen estar a favor de tales propuestas. Como señala la misma OMS, «las mujeres se ven afectadas de forma desproporcionada» por los trastornos de salud mental. Representan el 53.1% de las personas con trastornos mentales, el 60.5% de las que sufren trastornos depresivos y el 63% de quienes tienen trastornos de ansiedad en todo el mundo.

La proporción de mujeres que sufren episodios depresivos graves también es mayor (18,2% frente al 12,8%) y son, con diferencia, las primeras receptoras de recetas de psicotrópicos. A pesar de ello, según organismos como el ministerio de salud francés, la salud mental de las mujeres sigue siendo en gran medida un continente inexplorado, lo que conlleva riesgos tanto para la identificación de sus trastornos como para su atención.

La sobreexposición de las mujeres a trastornos de ansiedad y depresión no tiene una única causa, sino que es el resultado de una combinación de factores -biológicos, hormonales, psicológicos o socioculturales-, que no es lineal en el transcurso de sus vidas: antes de la pubertad y después de la menopausia, niñas y niños son iguales en lo que respecta a la depresión.

Las persistentes desigualdades debido al género que exponen a las mujeres a situaciones adicionales de fragilidad psicológica contribuyen a esto: salarios, distribución de las tareas domésticas, presión del reloj biológico, etc. Las mujeres están sobrerrepresentadas como cabezas de familias monoparentales o entre cuidadores, con efecto significativo en su salud mental, y están proporcionalmente en mayor número por debajo del umbral de pobreza que los hombres, lo que reduce su acceso a la atención médica y psiquiátrica.

La mayor exposición de las mujeres a la violencia (el 85% de las víctimas de violencia de género y sexual son mujeres), ya sea física, psicológica o sexual, es otro factor determinante de su sobrerrepresentación. El 40% de las mujeres víctimas de acoso sexual, exhibición sexual y/o el envío de imágenes sexuales no solicitadas reportó problemas psicológicos significativos tras este suceso, cifra que sube al 76% para las víctimas de violencia doméstica y en México no tenemos cifras claras de estos fenómenos en un contexto transgeneracional que trivializa la violencia, complica su detección y, por tanto, hace que la atención sea compleja. Este asunto es aún más delicado en las zonas rurales, donde el acceso a la atención, particularmente la atención especializada, es aún más difícil.

Ciertos periodos clave de convulsiones hormonales y sociales, como la pubertad, la perimenopausia, la menopausia, el embarazo o el posparto, son momentos en los que la salud mental de las mujeres es especialmente vulnerable. Estos también son momentos marcados por tabúes y, en consecuencia, por falta de información.

Las cuestiones de investigación a través del prisma del género, la adaptación de la atención a las mujeres, pero sobre todo la información y formación del personal médico y los trabajadores sociales, estuvieron por tanto en el centro de las recomendaciones de la carta emitida por la OMS después de la citada primera asamblea general de la salud mental de la mujer. Estos ambiciosos objetivos no sustituyen la necesaria modernización de la psiquiatría en su conjunto, cuyos recursos actualmente, en especial en países como el nuestro, no son suficientes para hacer frente al caudal de pacientes -mujeres y hombres- afectados por estas patologías.