¿Por qué normalizamos las relaciones violentas?
Por el psicólogo clínico y criminológico Alejandro Murillo
Actualmente resulta muy frecuente escuchar hablar de las llamadas “relaciones tóxicas”, en referencia a aquellas en las que la dinámica resulta desgastante para una o para ambas partes.
Sin embargo, vale la pena preguntarnos: ¿cuáles son exactamente esas dinámicas?
¿Celos infundados? Eso es violencia.
¿Gritos? Es violencia.
¿Control? Es violencia.
Lo que comúnmente llamamos “relaciones tóxicas” son, en realidad, relaciones violentas, solo que no las nombramos como tales. Y lo que no se nombra no existe. Llamarlas “tóxicas” en lugar de violentas invisibiliza la violencia y la coloca dentro de un marco aparentemente normal y aceptable.
Parte primordial de la normalización de las relaciones violentas surge precisamente de no nombrarlas como lo que son; ahí es donde inicia el problema, pues la violencia queda oculta.
Posteriormente, la persona que vive violencia suele entrar en un estado de indefensión aprendida. La indefensión aprendida es una condición en la que la persona pierde la esperanza de que su situación pueda mejorar, lo que la lleva a evitar cualquier opción que represente una posible “salida”. Este estado es, además, una antesala de la depresión.
En estas circunstancias, las respuestas clásicas ante el miedo —lucha o huida— se bloquean, y solo quedan disponibles otras tres reacciones: la parálisis, donde la persona no logra actuar; la adulación, mediante la cual busca agradar a su agresor con la intención de“negociar” la disminución del daño; y la justificación, que consiste en explicar la conducta del agresor para sentir que puede evitarla si se apega a lo que este le exige.
En síntesis, no es que la víctima “esté tonta”.
Es que no puede salir de ahí, no por decisión, sino porque sus propios mecanismos psicológicos se lo impiden.
Así, la violencia se normaliza tanto como una forma de protección interna, como por el hecho de no ser nombrada como lo que realmente es.