La potencia de las metáforas
Por Priscila Sarahí Sánchez Leal
Tendemos a pensar en las metáforas como meros adornos del lenguaje, recursos que se limitan a la poesía o para embellecer lo que se dice en un contexto específico, sin embargo, éstas no son inocentes, en tanto que -aún sin darnos cuenta- configuran el mundo.
En La insoportable levedad del ser, de Milán Kundera, el narrador afirma que las metáforas son peligrosas y que con ellas no se juega. El fragmento pareciera desbordante, hasta que el lector se adentra en él y se lo piensa con calma.
La metáfora no se limita a comparar, tampoco se circunscribe al quehacer poético, propone una singular forma de ver y de vincularse con el mundo de las ideas, con el entorno y con el propio pensamiento.
La palabra metáfora deriva del griego metáphorá, cuyo significado es traslación o transferencia; meta significa “más allá” o “sobre”, mientras que pherein quiere decir “llevar”. Metaforizar implica trasladar el sentido de una cosa a otra, creando así una nueva realidad.
Ahí es donde radica su potencia, en tanto que al mover el significado, aunque sea sutilmente, la metáfora no describe al mundo sino que lo transforma. En ese trasladar significados, se abren posibilidades de interpretación, al tiempo que delimita los marcos desde los cuales pensamos.
Más allá de juegos retóricos, las metáforas son operaciones de sentido y, aunque se muestran con mayor nitidez en la literatura, están también en la cotidianidad, en nuestra forma de nombrar y entender la realidad, el amor, el tiempo, la vida, en el fondo todo es metáfora.
Adoptarlas sin detenerse a examinarlas es aceptar sus límites y sus promesas, dejando de ser un recurso y volviéndose un marco de pensamiento. Esto no es una invitación a renunciar a las metáforas, pero sí a repensarlas e intentar comprender de qué maneras convergen con nuestro propio mundo.