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El individuo en la multitud

Por Priscila Sarahí Sánchez Leal

Cuando estamos solos, creemos decidir.
Cuando estamos en grupo, a veces sólo reaccionamos.

La literatura ha observado desde hace siglos el comportamiento de las masas: multitudes que aplauden, persiguen, callan o destruyen. En ellas, el individuo se diluye, en tanto que nadie parece ser completamente responsable, no obstante, todos participan. Algo sucede cuando los cuerpos se aglomeran y las voces se confunden entre sí, el pensamiento pierde complejidad y la emoción se torna más intensa.


En este sentido, Gustave Le Bon señalaba que las masas no “piensan”, sino que “sienten”. En la literatura esto se ha representado a través de innumerables escenas, en donde los pueblos se levantan al unísono, las multitudes celebran aquello que quizá condenarán en el futuro, en grupos que encuentran en el anonimato una forma de justificación. En las masas, el individuo no se anula del todo, pero sí deja de escucharse a sí mismo.


Un ejemplo evidente se configura en Fuenteovejuna, de Lope de Vega, en donde ante la pregunta por el responsable de un crimen, emerge la respuesta del pueblo entero fusionado en una sola voz que condena: “Fuenteovejuna lo hizo”. No hay nombres propios, ni culpables individuales, en tanto que la aglomeración se convierte en refugio, aunque al mismo tiempo funciona como un arma.


Mediante dicho acto, se evidencia una contradicción, en la que la colectividad puede ser un espacio de resistencia frente al abuso, pero también un lugar donde la violencia se diluye en la excusa de que “todos lo hicieron”. De tal manera que las aglomeraciones no son únicamente físicas, sino que devienen en masas simbólicas, envueltas en ideologías, discursos y emociones.


Emergen allí, donde se repiten consignas sin reflexión, se adopta una postura compartida porque acaso está de moda o quizá porque disentir se torna un riesgo. En dichos espacios, el lenguaje se limita y no dialoga, pero sí reacciona. En la literatura, el lector observa estos escenarios desde una posición externa, reconociéndose en los personajes, en el latente deseo de pertenecer o en el miedo a quedar fuera, en la comodidad engañosa de no decidir en soledad.


Paradójicamente, en el acto de leer hay ya un ejercicio contrario a la multitud. La lectura amerita pausa, contemplación y un criterio propio, que se desvía del ruido colectivo, propone silencio y tiene la potencia de devolver la conciencia del individuo.