¿Se le está dando la importancia a la salud mental?
Por el psicólogo clínico y criminológico Alejandro Murillo
Otro caso más de suicidio en el estado. Y, en esta ocasión, se trata de un niño. Hechos como este suelen provocar una reacción inmediata en la opinión pública: surgen comentarios, especulaciones y discursos que enfatizan la llamada “importancia de la salud mental”, acompañados casi siempre de la inevitable pregunta: ¿qué hubiera pasado si esta situación se hubiese atendido a tiempo? Sin embargo, más allá de esa reacción momentánea, poco cambia realmente.
No existe un interés genuino, constante y sostenido por la salud mental; y no es necesario siquiera centrarse en las políticas públicas —que también son insuficientes—, basta con observar el interés social, familiar y comunitario para advertir que la preocupación se queda, en la mayoría de los casos, únicamente en el discurso.
Padres, hermanos, familiares y la sociedad en general suelen manifestar alarma cuando ocurre una tragedia, pero esa preocupación rara vez se traduce en acciones concretas de prevención, atención o acompañamiento. La salud mental continúa siendo un tema incómodo, minimizado y postergado. Aún hoy persiste un fuerte estigma en torno a la atención psicológica y psiquiátrica: se tacha erróneamente de “locos” a quienes acuden a terapia, cuando sobra decir que esto no solo es falso, sino profundamente dañino. Lejos de ser un signo de debilidad, buscar atención profesional es un acto de responsabilidad y autocuidado, algo que todavía no termina de comprenderse socialmente.
El peso del estigma como principal obstáculo
Si se tuviera que señalar a un verdadero responsable de que la salud mental no reciba la importancia que merece, ese sería, sin duda, la estigmatización. El miedo a ser señalados, juzgados o etiquetados por los demás simplemente por acudir con un psicólogo o un psiquiatra —por el temor al “qué dirán” o, más bien, al “qué imaginarán”— se convierte en una barrera que impide dar el primer paso. Cabe aclarar que estas ideas no provienen de los profesionales de la salud mental, quienes no realizamos juicios de valor negativos hacia quienes solicitan atención, sino de una construcción social profundamente errónea.
A partir de esta estigmatización se desencadena una cadena de omisiones: no se acude a consulta, no se realiza un diagnóstico adecuado, no se aborda el problema de manera correcta, no se trabaja terapéuticamente y, en consecuencia, no existe un tratamiento efectivo. En muchos casos, simplemente no hay ningún tipo de intervención. Este abandono silencioso es el que, en ocasiones, desemboca en desenlaces trágicos como el mencionado al inicio de este texto.
El curso de la salud mental, tanto a nivel individual como colectivo, sería radicalmente distinto si el estigma no existiera o, al menos, si se trabajara activamente para erradicarlo. Esta no es una tarea exclusiva de los profesionales, sino una responsabilidad compartida. Como sociedad, resulta cada vez más frecuente escuchar sobre personas —incluidos niños y adolescentes— que deciden terminar con su vida, y aun así el suicidio continúa siendo un tema profundamente tabú. Se habla de él solo después de la tragedia, pero rara vez se generan espacios reales de diálogo, prevención y atención.
Y es precisamente en este punto donde la pregunta inicial vuelve a cobrar fuerza:¿Se le está dando la importancia necesaria a la salud mental?