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Como agua para chocolate: comida, cultura y emociones

Por Yarahima N. García Carlos

«En ciertos casos es más digno dejarse llevar de un impulso ciego, provocado por un gran amor, que oponerse a él»

-Tita, en la novela

Cada 12 de noviembre, desde 1979, se celebra en México el Día Nacional del Libro, una fecha para reconocer la literatura y generar actividades para fomentar la lectura. Se estableció este día en homenaje a Sor Juana Inés de la Cruz, ya que su legado trasciende generaciones y es considerada como un símbolo de creatividad y libertad de pensamiento.


Por ello decidí hablar sobre una película que se basó en un libro, uno de mis favoritos y que, a mi parecer, respetó de manera consciente la esencia del texto y no se tomó tantas licencias cinematográficas.


Como agua para chocolate es una novela mexicana escrita por Laura Esquivel en 1989. La historia gira en torno a Tita, la hija menor de tres, que no puede vivir su propia historia de amor con Pedro a causa de una tradición familiar, la cual obliga a la hija menor a cuidar de su madre (mamá Elena) y permanecer soltera.


El filme con el mismo título se estrenó en 1992, dirigido por Alfonso Arau, protagonizado por Lumi Cavazos (Tita) y Marco Leonardi (Pedro). Ha ganado diez Arieles, de los que destacan: Mejor Dirección, Mejor Escenografía y Mejor Guion.


De esta película, además de destacar el respeto del guion original del libro, me gustaría también resaltar el tema de la comida como un aspecto sociocultural. Un elemento que nos recuerda la mancuerna de lo biológico y lo cultural.


Es fascinante cómo se desarrolla la historia de Tita, fusionando recetas que visibilizan la gastronomía mexicana, cómo cada platillo y capítulo corresponde a un mes del año e involucra un alimento de temporada, cómo a través de la comida Tita expresa sus emociones y, además, en la narración, se pueden identificar algunos elementos de la Revolución mexicana a principios del siglo XX.


Tita es una artista capaz de transmitir sensaciones y sentimientos a través de sus creaciones, influenciada por la cocinera Nacha, quien le enseña toda una tradición generacional de preparación de alimentos.


Hoy en día es complicado explicar la carga simbólica que tiene la alimentación en nuestra vida sociocultural, siguiendo estrictamente los modelos que diversos antropólogos crearon, estudiando comunidades como Richard (1932), cuando estudió a los Bemba de Rhodesia del Norte (ahora Zambia), el diario de campo de Malinowski (1935) o el manual de Mead (1945) sobre el estudio de hábitos alimentarios.


Pues ahora la vida está muy globalizada y la alimentación ya no depende limitadamente de los ciclos agrícolas o estacionales. Aparte, se agrega el factor más importante que es la elección individual de los alimentos, no solo por el contexto sino también por ideologías provenientes de otros países, modos de vida, la nutrición y el capital monetario.


Pero es importante rescatar unos elementos que se encuentran en todas las culturas, que señala Igor de Garine (1998), como que en los sistemas alimentarios de cada sociedad está compuesto un alimento central con fuerte carga simbólica, que proporciona la mayor parte del valor calórico de la dieta. Dice: «casi siempre son carbohidratos, glúcidos de origen vegetal cuyo cultivo monopoliza la mayor parte de las actividades técnicas de las sociedades desde el Neolítico y dan ritmo de los eventos sociales y religiosos del ciclo anual» (p. 23).


Como por ejemplo, en México se puede identificar el maíz; en Asia, el arroz. Dentro de esta teoría de los sistemas alimentarios también se observa la existencia de alimentos secundarios consumidos frecuentemente, pero que aparecen de manera estacional, como las leguminosas, y por último los alimentos periféricos, que son aquellos que se comen ocasionalmente según estaciones y oportunidades para consumirlos.


En conclusión, Garine(1998) nos señala dos aspectos importantes: «tiene una dimensión geográfica, están ubicados en un medio ambiente específico, regional. Dependen en su mayor parte de recursos disponibles y tiene una dimensión diacrónica, depende del tiempo de las variaciones estacionales» (p. 24).


Aunque vivimos en un mundo globalizado, donde podemos consumir productos de cualquier estación o país, todavía existen alimentos que conservan fuerza simbólica y emocional en cada cultura.


La novela Como agua para chocolate muestra cómo la comida, incluso en un entorno histórico marcado por restricciones sociales y transformaciones políticas, continúa siendo un espacio de resistencia, identidad y expresión emocional. Tita convierte los ingredientes en un puente entre su mundo interior y su entorno; cada platillo revela cómo la alimentación no solo satisface necesidades biológicas, sino que organiza lo social, lo afectivo y lo cultural.


Camacho (2015) define la comida como «un medio de comunicación, de constitución de vínculos afectivos, de identificación y diferenciación social» (p. 7).


Camacho también agrega una nueva dimensión: lo político, que atraviesa nuestra vida diaria, porque todo lo personal es político. No solo implica lo que elegimos comer, sino quién produce los alimentos, cómo se distribuyen. Estas decisiones del Estado y del mercado influyen en nuestras dietas y en las posibilidades reales que tiene cada persona para alimentarse.


También es importante reconocer que la alimentación está marcada por el capital económico: lo que una persona puede comer depende en gran medida de cuánto dinero tiene. El acceso a ciertos alimentos, su calidad y su frecuencia de consumo no solo responden a gustos o tradiciones.


Como en el filme, la familia de Tita, si bien no pertenecía a la clase alta, sí contaba con una estabilidad económica que les permitía acceder a alimentos que la mayoría del pueblo no podía obtener con la misma facilidad. En las recetas que narra Tita se observa cómo, según la estación del año, la familia podía preparar platillos tradicionales con ingredientes que no siempre estaban disponibles para todos. Esto muestra que, incluso dentro de una misma comunidad, la alimentación está atravesada por el capital económico: quien tiene recursos puede elegir y acceder a más variedad, mientras que quienes tienen menos dependen de lo disponible de cada temporada.


Referencias bibliográficas:
Camacho Segura, J., (2014). Editorial: Comida, cultura y política. Revista Colombiana de Antropología, 50(2), 7-10.
de Garine, I. (1998). Antropología de la alimentación: entre la naturaleza y la cultura. Conferencia inaugural presentada en el Congreso Internacional de Antropología de la Alimentación, Barcelona.