Ya nos volvieron a saquear
Jaime Santoyo Castro
Inicié mi militancia en el PRI hace cerca de cincuenta años, cuando militar costaba. Estaba muy reciente aquel movimiento del 68 que removió conciencias y obligó al sistema y a los empoderados de entonces a abrir espacios de participación a los jóvenes, quienes con entusiasmo nos unimos a la lucha por el advenimiento de una nueva sociedad.
La militancia costaba, porque había que recorrer los municipios en vehículos destartalados que nos prestaban como para inhibir nuestros ímpetus, en caminos de terracería y sufriendo los bloqueos y las presiones de los caciques regionales, presentes por doquier, que trataban de imponer a sus incondicionales en las dirigencias juveniles, pero nuestra creencia en la democracia y en la justicia social nos impulsaron y pudimos constituir un verdadero movimiento juvenil en la entidad, alejados de ambiciones personales.
Sin embargo, éste y otros movimientos se contagiaron y sucumbieron ante las tentaciones que provoca el poder y el dinero. Los ideales fueron cambiados por diputaciones, senadurías y gubernaturas y se fueron olvidando las nobles causas que dieron origen al partido y a las organizaciones, y la militancia fue hecha a un lado con engaños, con desprecios, malos tratos e indiferencia.
Hoy, como lo han hecho las dirigencias cada tres años, tal como si fuera un grupo de bandoleros y piratas, se repartieron las diputaciones plurinominales sin rubor alguno, y es tal su desparpajo, que creen que merecidamente reciben el pago por el enorme sacrificio que han hecho por la militancia y por la nación, seguros de que por su honestidad y su calidad personal deben llegar a la tribuna más alta de la nación para elevar la voz en defensa de los superiores intereses de la República.
Estas acciones, irreverentes, irrespetuosas, groseras, lastiman desde adentro la ya de por sí muy deteriorada imagen de un partido originalmente creado para darle identidad a los mexicanos y orientar su desarrollo en pos de un destino de grandeza, pero su camino fue desviado por intereses diferentes llevándolo por un sendero de corrupción, impunidad, desverguenza, mentira y engaño, a grado tal que, aun con buenos candidatos, difícilmente podrá convencer ya no al electorado, sino a su propia militancia, imbuída de desilusión y sospechosismo.
La realidad de hoy nos exige ser realistas, medir y pesar lo que nos queda, empezando por la dirigencia nacional, que inspira desconfianza y traición, y no ha podido convertir al PRI en un partido de oposición, porque ha callado en vez de convertirse en la voz que gritara las exigencias de la sociedad en materia de salud, de empleo, de seguridad, de paz, de educación, etc; pero nada.