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Populismo mexicano

Antonio Sánchez González. Médico.

‎¿Son mejores las soluciones populistas que las soluciones elitistas? Diecisiete economistas lo responden en el campo de su disciplina en un pequeño libro «en el que emiten sus opiniones comprometidas». Todos los ponentes son miembros del Círculo de Economistas, una asociación políticamente pluralista que organiza cada año «Los reencuentros económicos de la Provenza». Una contribución muy oportuna cuando los populistas en todas las democracias del mundo obtienen cada vez mayores proporciones del voto. Para ellos, siempre hay una solución simple para todo. Simple y falsa, porque cuando la realidad es compleja el populismo se desvía de ella. Es simple «congelar precios», «aumentar salarios», «hacer pagar a los ricos», «crear deuda perpetua», «expulsar a los extranjeros» o «darles la bienvenida a todos».

Francoise Benhamou es la coordinadora de esta especie de lucha contra las martingalas económicas del populismo de las que resume las principales características de la siguiente manera: «La cuestionable relación con los números, el odio a las finanzas, el rechazo a la globalización y el proteccionismo de mercado y cultural». Admitamos de entrada que los populistas no son los únicos que utilizan los números de manera sesgada para confirmar sus convicciones; que no se equivocan al denunciar los excesos de las finanzas, por una parte, y de la globalización, por otra; finalmente, sus demandas de proteccionismo no siempre son absurdas. Pero ¿merecen ser abolidos los efectos indeseables de las finanzas, el libre comercio y la globalización? Aquí es donde entran las «élites», con sus «si» y «peros» y no tendremos aquí lugar para matizar el dogma del libre comercio.

Declaremos primero el modelo económico del populismo. Entre los ejemplos en el estado químicamente puro, podemos citar a la Argentina de principios de la década de 2000: inflación desenfrenada, deuda fuera de control. Podríamos agregar a Venezuela. Es raro tener ejemplos perfectos. La mayoría de las veces, hay casos mixtos, donde parece que «los populistas tienen una preferencia por una estrategia que privilegia el consumo a expensas de la inversión, el corto plazo a expensas del largo plazo», y que «descuidan las interdependencias al no tener en cuenta las políticas de represalia del lado de las economías extranjeras«.

Podríamos citar a los Estados Unidos de Trump tanto como a la Hungría de Orban o al Brexit como tantas variantes del neopopulismo actual. ¿Cómo encaja el caso mexicano en este panorama? El populismo económico a nuestro estilo se caracteriza por una idea simple: el Estado puede pagar sin límite, proteger sin límite, intervenir sin límite. Hoy en día, el presidente lo encarna muy bien, pero su ejemplo es solo la enésima variante de esta preferencia por el déficit, el consumo y la protección en la psicología política mexicana. El PRI se entrega a ella siempre y el PAN nunca ha conseguido imponer su superyó en favor del esfuerzo, del esfuerzo… y el esfuerzo (trabajar más y más tarde en la vida, gastar menos dinero público y ser competitivo).

La idea del esfuerzo colectivo se ha vuelto insoportable para la mayoría de los mexicanos, y casi indescriptible para sus líderes. Desde este punto de vista, la diferencia entre Morena, el PRI y el PAN es la diferencia entre un populismo económico razonable, o «moderado», y un populismo extremo y desinhibido: al final, lo que importa es salvar el modelo social mexicano a toda costa y en detrimento de la economía. Obligar a las empresas a invertir poco para financiar esta curiosa solidaridad nacional que personifica el presidente en turno.

Esta elección siempre renovada ha tenido una consecuencia dramática en la desindustrialización de nuestra economía, que todos hemos redescubierto desde la pandemia de 2020. Esta desindustrialización ha llevado a la desertificación de vastos territorios y ha tenido efectos devastadores en la disminución del nivel de educación de la población. Nuestras economías estatales son 80% de servicios, pero el 80% de las exportaciones mundiales proceden del sector industrial. La industria hace más del 80% de la investigación y el desarrollo del mundo, por lo que un país sin industria es uno sin investigación, desarrollo y exportaciones. Un país que invierte poco y no innova se pierde una nueva revolución industrial y entra en subdesarrollo relativo.

Las raíces de esta preferencia por el proteccionismo sobre nuestra competencia internacional son profundas. En el último medio siglo, la negativa a admitir el principal fenómeno histórico del período, a saber, el aumento exponencial del comercio internacional es la causa de nuestra caída en todos los rankings: riqueza, nivel de educación, innovación. En otras palabras, países comparables al nuestro han tomado mejores decisiones. El populismo al estilo mexicano es una tontería económica. Pero si tanta gente cree en ello, es porque nadie se atreve a decir que esta empresa que paga el estado de bienestar está acabada.

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