Paseantes de la noche
Por Priscila Sarahí Sánchez Leal
La sombra de los muertos,
Valmore Muñoz Arteaga
y sobre todo la de la muerte,
se posa sobre la cornisa
de la vida en la obra de Novalis.
En “Los Himnos a la noche” (1799–1800), el poeta alemán Friedrich von Hardenberg (Novalis) no ve en la oscuridad el final, sino un comienzo, que alberga el misterio creador en el que la muerte no se entiende como una ausencia. Frente a la claridad racional que simbólicamente implica el día, la noche se despliega como un espacio conciliador que abre las infinitas posibilidades de la imaginación.
Novalis concibe la noche como matriz de lo sagrado, pues sólo en ella encuentra una forma de amor que permite percibir las cosas de una manera más sensible. A lo largo de los “Himnos a la noche” juega con las nociones de luz y oscuridad, en una dialéctica continua, en donde la noche adquiere un sentido más profundo al ser comprendida en función de su opuesto, es decir, el día.
Esa mirada, novedosa en su tiempo, logró inaugurar una sensibilidad que atraviesa el siglo XIX y llega hasta el poeta francés Charles Baudelaire. En Las flores del mal (1857), la noche enmarca una nueva estética, en la que tiene cabida aquello que era considerado feo, grotesco, malo y que se creía que era indigno de la poesía, capturando una singular belleza oscura, al tiempo que funciona como espejo de una modernidad enferma de aparente lucidez.
Si bien, Novalis buscaba la trascendencia, Baudelaire explora lo ruinoso de la existencia: “El poeta es semejante al príncipe de las nubes; exiliado sobre el suelo, sus alas de gigante le impiden marchar”. La noche baudelariana no es tanto una revelación de lo divino, como el vértigo del deseo y del hastío, revirtiendo así la carga semántica entre dualidades como bello / feo; bueno / malo; cielo / infierno; luz / oscuridad; vida / muerte.
En su “Himno a la belleza”, el poeta pregunta: “¿Qué importa si vienes del cielo o del infierno, oh Belleza, si me abres la puerta de un infinito que amo?”. Para él, el mal no es una condena, sino una forma de conocimiento, al tiempo que su paseo por la oscuridad deviene en descenso lúcido y reconocimiento de una belleza acaso más auténtica.
Por otra parte, desde otro horizonte y otro idioma, el poeta mexicano Ramón López Velarde, retoma esa travesía nocturna y la convierte en íntima. En el poema “Te honro en el espanto”, transgrede la simbología tradicional de la muerte y la imagen del cadáver: “Te honro en el espanto de una perdida alcoba de nigromante”. Describe cómo yace el cuerpo de la amada, en su frío espectral, alejándose de la vida; no obstante, el poema muestra un vaivén que juega con lo sagrado y lo erótico.
En una atmósfera fúnebre recrea una escena amorosa sobre un manto de calaveras, construyendo puentes de palabras que concilian emociones y conceptos opuestos, atribuyéndoles nuevos sentidos. En la obra de López Velarde la palabra se torna dinámica, inquieta e inquisitiva, abriendo paso a la noche en su multiplicidad de matices. Con una especial sensibilidad, la noche va trazando un camino en el que el lector se encuentra con los mundos que se sitúan al margen del día.
Los tres poetas, Novalis, Baudelaire y Velarde, son paseantes de la noche. De maneras distintas y concibiendo una estética propia, la transitan desde sentidos más místicos, a veces malditos y en ocasiones, íntimos y carnales. Pero en todos, la oscuridad se erige como posibilidad y potencia fecunda.
La noche intimida, pero también cautiva, pues además de ser la antesala de un nuevo día, es también un misterio latente que exacerba las posibilidades creadoras y creativas. La estética de la noche no sólo abre paso a los espíritus atormentados, también da apertura a una libertad creadora en la que cada verso busca aproximarse a la realidad desde otro horizonte.