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La paradoja de la ansiedad

Por el psicólogo clínico y criminológico Alejandro Murillo

Estás a punto de salir, o de decir algo importante, o de entrar a un lugar donde sabes que algo puede pasar.

De pronto, sin aviso claro, el cuerpo cambia. Sientes un ligero temblor que recorre las manos. El sudor aparece sin permiso.

El corazón empieza a acelerarse, cada latido más fuerte que el anterior. La mente no se detiene: repite, anticipa, exagera.

Y, sin haber corrido un solo paso, el cuerpo se siente como si acabaras de terminar un maratón.

Intentas calmarte. Respiras, te distraes, te dices que todo está bien… pero algo dentro de ti ya se activó. Esto es la ansiedad.

Hay algo curioso en la ansiedad: entre más intentas que desaparezca, más se intensifica. Esa es su paradoja.

Muchas personas llegan a consulta con la misma consigna: “quiero dejar de sentir ansiedad”. Y sin darse cuenta, todo lo que hacen en su día a día gira en torno a eso: evitar situaciones incómodas, distraerse constantemente, sobrepensar cada decisión o buscar tranquilidad inmediata a cualquier costo.

El problema no es la ansiedad en sí. El problema es la relación que establecemos con ella.

Desde un punto de vista clínico, la ansiedad no es un error del sistema. Es una respuesta natural del organismo ante la percepción de amenaza. El cuerpo se activa, la mente anticipa, y ambos intentan proteger. Hasta ahí, todo funciona como debería.

Pero algo cambia cuando la persona empieza a obedecer la ansiedad.
Evitar una conversación difícil, posponer decisiones importantes, aislarse, buscar certezas absolutas… todas estas conductas tienen algo en común: reducen el malestar en el corto plazo. Y justo ahí está la trampa.

Porque cada vez que evitamos, el cerebro aprende algo muy específico:“esto era peligroso, hicimos bien en huir”.

Así, lo que parecía una solución se convierte en un mecanismo de mantenimiento. La ansiedad no solo no desaparece, sino que se fortalece.

Esa es la paradoja:lo que haces para sentirte mejor, es lo que te mantiene atrapado.

En consulta, uno de los cambios más importantes no ocurre cuando la ansiedad se va, sino cuando la persona deja de organizar su vida alrededor de evitarla.

No se trata de eliminar la ansiedad, sino de modificar la respuesta ante ella.

Algunas intervenciones clínicas apuntan justamente a eso: activar la conducta incluso cuando hay incomodidad, tomar distancia de los pensamientos que aparecen, cuestionar lo que la mente da por hecho y, sobre todo, actuar en función de lo que es importante, no de lo que es cómodo.

Porque la ansiedad siempre tiene algo que decir, pero no siempre tiene razón.

Y aquí aparece otro elemento que pocas veces se menciona: la justificación. No solo evitamos por miedo. Muchas veces aprendemos a justificar ese miedo.

“Hoy no voy porque no es el momento”,
“mejor después, cuando me sienta listo”,
“así soy yo”.

La mente no solo siente ansiedad, también la legitima.

Por eso, hacerle frente a la ansiedad no es un acto de fuerza, sino de dirección. No implica dejar de sentir, sino dejar de obedecer automáticamente.

Al final, la ansiedad no se resuelve cuando la controlas, sino cuando deja de controlar lo que haces.