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La médula del lenguaje y el erotismo

Por Priscila Sarahí Sánchez Leal

El libro “En la masmédula” (1954), de Oliverio Girondo, es una obra poética de carácter experimental que juega con los límites del lenguaje y, al mismo tiempo, puede leerse como una declaración erótica a la creación literaria misma. Su lectura invita a una experiencia verbal y sensorial en la que el idioma se retuerce y se reinventa.

A lo largo de sus páginas, Girondo desarticula la estructura gramatical del lenguaje, fusiona palabras, inventa neologismos y explora los sonidos y los significados, a la vez que los agota y los expande. Su poesía está impregnada de una intensidad emocional que emana del choque entre las palabras.

El neologismo “masmédula”, que le da nombre a la obra, condensa esa búsqueda de lo esencial, es decir, lo más hondo de la médula, el punto donde el lenguaje ya no basta, porque se enfrenta con lo indecible del deseo, del amor, de la poesía y de la existencia misma. Masmédula es, quizá, el intento de alcanzar lo inexpresable de la experiencia y sensibilidad humana.

En este terreno poético, el desconcierto forma parte de la experiencia, en la que el lector debe entregarse al vértigo y dejarse arrastrar por las palabras. Girondo convierte el idioma en una materia que se deforma, pero que también es capaz de fecundarse a sí misma. En “Hay que buscarlo”, escribe:

“En la eropsiquis plena de húespedes entonces meandros de / espera ausencia / enlunadados muslos de estival epicentro / tumultos extradérmicos / excoriaciones fiebre de noche que burmua / y aola aola aola / al abrirse las venas / con un pezlampo inmerso en la nuca del sueño hay que / buscarlo / al poema.”

Este fragmento, condensa a la perfección la poética de “En la masmédula”, en donde no sólo el lenguaje se desborda, también se confunden lo erótico y lo verbal. La expresión “en la eropsiquis plena de huéspedes” anuncia, acaso, una fusión del erotismo y el pensamiento. Los versos avanzan entre imágenes intensas y de una singular sonoridad: “enlunadados muslos de estival epicentro”, “tumultos extradérmicos”, “excoriaciones fiebre de noche que burmua”.

Las palabras inventadas, como “burmua” o “aola”, no buscan ser comprendidas, más bien apelan a lo sensitivo, en ocasiones son estallidos sonoros u onomatopeyas de una experiencia límite y que, quizá, le apuesta a una revelación, aunque no en un sentido tradicional: “hay que buscarlo / al poema.”

Girondo parece expresar que la poesía y toda experiencia de lo sublime no se encuentra en el pensamiento racional, sino en ese punto de combustión y delirio donde el cuerpo, la mente y las palabras se conjugan. Los sonidos y aliteraciones generan una sensación de movimiento interno. En el poema “Mi lumía”, Girondo crea una lengua nueva para intentar nombrar la experiencia del amor:

“mi lu / mi lubidulia / mi golocidalove / mi lu tan luz tan tu que me enlucielabisma / … / mi lu más lar más lampo / mi pulpa lu de vértigo de galaxias de semen de misterio”.

En este fragmento, es evidente cómo lo que se dice importa menos que la forma en la que se dice, el lenguaje se vuelve corporalidad y saliva, en un singular erotismo. En “Al gravitar rotando”, el yo poético se multiplica y se fragmenta dentro del lenguaje, hay pulsaciones y un movimiento giratorio: “Al gravitar rotando / en torno de tu ombligo / mi carne como un sol de amor se inflama”.

El poema fusiona la imagen del cuerpo con la del universo y el erotismo se vuelve cósmico. Todo gira en torno a un centro de atracción, un punto de revelación y vértigo, en donde todo puede estallar, contraerse o desintegrarse. Leer este libro es una experiencia total del lenguaje que, aunque incomprensible, es capaz de conectar de maneras distintas con cada uno de sus lectores.

A lo largo de “En la masmédula” puede atisbarse una anticipación de lo que Julio Cortázar desarrollaría una década más tarde en Rayuela con el lenguaje Glíglico. Ambos escritores comparten la convicción de que tanto el amor como el deseo exigen una lengua distinta, capaz de trascender las estructuras convencionales.

Girondo, con su “eropsiquis plena de huéspedes” y sus neologismos, crea una suerte de idioma corporal, más intuitivo, constituido por respiraciones y choques fónicos. Por su parte, Cortázar retomará esa intuición en los célebres pasajes entre Horacio y la Maga, donde el Glíglico funciona como la lengua de los amantes, a la vez tierna, lúdica y sensual.

En ambos casos, la invención verbal se torna una necesidad poética y erótica, un intento de decir lo que el lenguaje ordinario no alcanza. Girondo, en ese sentido, podría verse como el precursor de esa búsqueda que explora más a fondo Cortázar, abriendo una veta en la que la palabra amorosa aparece siempre como posibilidad y no como fin último.