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La abismal distancia entre las palabras y las cosas

Priscila Sarahí Sánchez Leal

Cuando era pequeña (quizá a muchos les suceda) tenía la costumbre de repetir y repetir en mi mente una u otra palabra, observando el objeto que designaba -por ejemplo: silla, mesa, árbol-, hasta que la palabra empezaba a desdibujarse, a vaciarse de sentido y se volvía algo completamente raro e incomprensible.

Me sucedía también con palabras que designaban entidades abstractas -por ejemplo: amor, tristeza, pensamiento-, y ahí se volvía todo más extraño, sin embargo, lo tomaba a juego, no sabía cómo nombrar aquello, pero los sonidos e imágenes visuales se volvían ajenos, absurdos y, por un instante, era evidente la distancia que se imponía entre los conjuntos de letras y el mundo.

En el libro Las palabras y las cosas, Michel Foucault reflexiona precisamente sobre esta relación entre el lenguaje y la realidad, evidenciando que no hay un vínculo natural ni permanente, sino más bien histórico y cultural, en tanto que cada época organiza de forma distinta el modo en el que nombra y clasifica el mundo.

Cuando se pronuncia la palabra “árbol”, por ejemplo, no se explicita la textura que tiene su corteza, la sombra que proporcionan sus ramas, el movimiento de sus hojas o su aroma. La palabra por sí misma lleva consigo innumerables experiencias particulares, pero si no se cuenta con esa experiencia previa, es decir, sino se conoce un árbol, la palabra se vacía.
Esto me recuerda el cuento “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, de Jorge Luis Borges, en donde se habla de Tlön, un lugar inexistente cuyo lenguaje no admite sustantivos, sino cadenas de adjetivos que nombran determinada idea o entidad o, mejor dicho, el sustantivo se construye a partir de dichas adjetivaciones: “No se dice luna: se dice aéreo-claro sobre oscuro-redondo o anaranjado-tenue-del cielo o cualquier otra agregación”.

Tal vez es posible afirmar que siempre hay algo que queda fuera del nombre, como señala la teórica mexicana, Luz Aurora Pimentel, al cuestionar la idea de que un conocimiento de las palabras equivale a un conocimiento de las cosas, una especie de espejo del mundo:

Describir, en otras palabras, es creer que las cosas del mundo son susceptibles de ser transcritas, incluso escritas -como bien lo indica su etimología- a partir de un modelo preexistente (de-scribere); es hacer irrumpir una palabra con vocación de espejo en el mundo de lo supuestamente no verbal; es aspirar a la máxima confusión y, por ende, a la máxima ilusión de realidad: hacer creer que las palabras son las cosas. Ilusión que se esconde tras las definiciones clásicas, tanto las generales como las que definen sus particularidades. (Pimentel, 2001, pp. 16-17)

Si bien, las palabras no reflejan las cosas tal y como son, sí participan en la configuración de un orden del saber o un saber del mundo, en este sentido, nombrar además de describir también implica un acto de interpretación. El lenguaje no permanece inmóvil, sino que se transforma continuamente, conforme cambian las sociedades, aparecen nuevas experiencias, objetos e ideas que exigen ser nombrados.

Hoy en día contamos con palabras y conceptos que en otros tiempos no existían, como “internet”, “algoritmo”, “globalización”, “identidad de género”, “cambio climático”, pero también términos antiguos se resignifican y adquieren nuevos sentidos. Sin embargo, aunque el lenguaje vuelve comunicable la realidad, al mismo tiempo hay algo irreductible que se resiste a los muros y límites de las palabras.

Esta discontinuidad entre el mundo de las palabras y la realidad misma la hace evidente Cervantes, ya desde el siglo XVII, de manera magistral con El Quijote. Alonso Quijano, tras leer tantos libros de caballería, decide vivir el mundo que éstos nombran y es entonces que se vuelve don Quijote y sale a vivir aquel mundo antes leído.

Donde hay ventas, él ve castillos; en los molinos encuentra gigantes; a las campesinas él las nombra damas. A partir del lenguaje y la imaginación, don Quijote reinventa y reorganiza su realidad. No obstante, una y otra vez es evidente el abismo que se abre entre las palabras y las cosas, entre lo leído y lo vivido. Los castillos vuelven a ser ventas y los gigantes vuelven a ser molinos.

Al igual que don Quijote, nos movemos entre dos mundos, el de la “realidad” y el de la interpretación. Pese a que no basten, necesitamos de las palabras y ese abismo que hay entre las palabras y las cosas es el que propicia nuevas posibilidades, habilita la imaginación, pero también hace palpable que la realidad se desborda en cuanto se intenta apresarla.

En ese repetir palabras de la infancia, el desdibujamiento y pérdida de sentido, hay algo que se reorganiza y surge con una mirada y matices distintos, sin el acartonamiento que pareciera tener el mero lenguaje que no se piensa, que no se reinventa, que no se imagina, que no se cuestiona, sino que se da por hecho como una entidad inmutable y verdadera.