Había una vez
Por Amparo Berumen
En una época legendaria, enmarcado por la Muralla de Pekín, un mandarín lee al pueblo un decreto: la hermosa Princesa Turandot concederá su mano a aquel que consiga descifrar tres enigmas elegidos por ella. Quien no solventare tal consigna afrontaría la muerte, como sucedía con el Príncipe de Persia, quien era conducido hacia el cadalso ante una atribulada multitud.
En ese instante un anciano cae a la vista de Calaf, un Príncipe Desconocido ahí presente, quien al asistirle reconoce en él a su padre Timur, rey tártaro destronado que había huido de su país acompañado de su fidelísima esclava Liú. Timur cuenta a su hijo los cuidados dispensados por ella.
Encontrándose junto al anciano, Liú explica conmovida que su devoción se debe a que un cierto día el rey le sonrió. La cálida conversación se ve interrumpida por los gritos de multitud que implora clemencia para el condenado… Esa noche, los visos lunares azulplata destacan las cabezas de quienes han osado afrentar a la princesa.
Calaf, el Príncipe Desconocido, reprueba enérgico la impiedad de Turandot, quien aparece en un balcón de palacio frente al pueblo arrodillado que inclina su cabeza mientras ella ordena inconmensurable, la ejecución. Sólo el Príncipe condenado y Calaf pudieron contemplar la belleza de la princesa.
El Príncipe Desconocido absorto y encantado por la hermosura de Turandot, permanece inmóvil en el lugar de la ejecución mientras la multitud se dispersa en silencio. Repentinamente, Calaf anuncia su decisión de enfrentar la prueba. Ping, Pang y Pong, ministros de Turandot, intentan hacerle desistir. Como respuesta el Príncipe Desconocido reclama la atención de la princesa y anuncia la presencia de otro pretendiente golpeando el pong.
En la plaza de palacio donde ya se ha congregado el pueblo, destaca entre las grandes dignidades la figura de Altoum, Emperador de China y padre de Turandot, quien trata en vano de disuadir a Calaf. Un mandarín lee el gran decreto: superar la prueba o afrontar la muerte. Unas voces obligan la presencia de Turandot.
Majestuosa, recuerda los motivos de esta ceremonia: “en tiempos lejanos una princesa fue secuestrada por un bárbaro…” y con rencor plantea el primer enigma al pretendiente quien contesta con seguridad: “Esperanza, el perturbador fantasma que merodea el despertar del hombre y que diariamente muere”. Los sabios certifican la respuesta. Menospreciando al extranjero, la princesa plantea el segundo enigma. El intruso contesta con acierto “La Sangre”. Incrédula y amenazante, la princesa se acerca al bárbaro que vacilante responde al tercer planteamiento: “Turandot”, provocando gran alegría en la multitud.
Acongojada y dolorida, la princesa suplica al Emperador no cumplir la consigna, pero éste sin poder acceder, le recuerda su juramento. Magnánimo, el Príncipe Desconocido promete a Turandot liberarla, si logra adivinar su nombre antes del amanecer. Si así sucediere, aceptará morir por ella.
El Príncipe Desconocido duerme en los jardines contiguos al muro que rodea Pekín, mientras los mensajeros de Turandot recorren todos los rincones de China, intentando sin éxito, develar el enigma. Esa noche nadie podrá dormir, y el príncipe canta su dicha, convencido de que Turandot será su amada:
¡Qué nadie duerma!
¡Qué nadie duerma!
¡Tú también princesa,
en tu fría estancia
miras las estrellas que tiemblan
de amor y de esperanza!
¡Mas mi misterio
Se encierra en mí,
mi nombre nadie sabrá!
¡No, no, sobre tu boca lo diré,
cuando resplandezca la luz!
¡Mi beso deshará
el silencio que te hace mía!
¡Desvanécete, oh noche!
¡Desfalleced, estrellas!
¡Con el alba venceré!*
Una nueva desventura se aproxima. Alguien comunica a Turandot haber visto al pretendiente con un anciano y una esclava. Bajo arresto, Timur y Liú guardan hermético silencio. Liú se anticipa anunciando que sólo ella conoce el nombre del Príncipe Desconocido pero que nunca lo revelará. Cruelmente sometida, contesta ue una fuerza superior llamada amor la mantiene firme. Agónica, advierte a la princesa que vivirá sus días amando al príncipe extranjero.
En la quietud umbría del palacio, Turandot y el Príncipe Desconocido asumen sus destinos. Ella eleva su figura intocable. El la besa con una pasión inusitada. Trémulo le revela su nombre: Calaf. La princesa se estremece en sus brazos llorando, y él acaricia sus cabellos con ternura sublime…
Las luces primeras del amanecer iluminan el palacio imperial de Pekín. La multitud hace su arribo. Junto a Turandot se encuentra el príncipe altivo y enamorado. Ella deberá responder al emperador, a los sabios, y al pueblo expectante. Solemne, anuncia a su padre que revelará el nombre del Príncipe Desconocido. “Su nombre es amor”, exclama. Con gran júbilo, el pueblo entona un canto de alegría.
*Nessun dorma. Aria del acto III.