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El arte de la celebración

Por Amparo Berumen

Para Mónica Villareal por el Festival de Jazz 2025.

Nueva Orleans parece haber sido creada para la ensoñación. Me sedujo siempre este aire europeo inscrito en sus vetustos edificios que se gozan en la agenda del tiempo, al evocar las épocas en que fue propiedad de Francia y de España. Reina del vudú, ciudad de río y mar, ciudad tentación, ciudad mayor en tierra de Lousiana y puerto mayor en el país.

Nueva Orleans subyace en mi imaginación como una preciosa perla extraviada en las arenas del golfo, y entregada sin titubeo a la silbante caricia del Mississippi. Halo caribeño que invita a la despreocupación y al desenfado; a la jubilosa locura del Mardi Gras; a sus galerías enajenadoras y al arte de la fotografía que cuenta sus historias en blanco y negro; a sus tiendas de antigüedades y a sus museos de vudú en un ambiente cultural ecléctico que la hacen distinta, única. Novia mística que asoma a la clásica baranda de hierro forjado portando seductor atavío: abalorios promesa-poema, anáfora sensoria, chasquido inquietante ligado a la melodía tibia del viento y en los balcones los helechos pendiendo…

El olor de la cocina me transporta al flamígero fogón: comida autóctona de mar, exquisiteces criollas y cajún étnicos, herencia sellada por los Acadianos, descendientes de granjeros del sur de Francia que al colonizar la zona portaban oculta en su equipaje una ancestral usanza culinaria. A las especias de España agregaron sus especias y cultivos innumerables, exóticos sabores de Africa; agregaron todos los pimientos y todos los chiles utilizados en las comidas de los indios aborígenes de Lousiana para obtener un resultado insólito y feliz: la Cocina Cajún.

Después se concentrarían aquí expertos cocineros, en su mayoría de origen africano, traídos por franceses y españoles acaudalados que fueron cambiando la sazón a su modo. En el atardecer poniente del siglo XVIII, estas cocinas convergieron dando origen a la Cocina Criolla, término adoptado por descendientes de ambas nacionalidades nacidos en Nueva Orleans para marcar su identidad cultural respecto de nuevos pobladores procedentes de otros países. Son memorables El pastel de cangrejo de pantano a la cajún, La ensalada tibia de cangrejo de río a la criolla, La sopa de tortuga, El gumbo de mariscos y langosta…

La gente por las calles camina en todas direcciones y piensa en todas direcciones llevando a un torbellino mi errante entendimiento. Una noble fragancia de vinos tropicales trastorna mis sentidos impregnándolos del perfume antiguo y sensual de la ciudad. Deseo ser otra, volar volar y ser después la que creen que soy… Mis pasos de nuevo entretejidos a la historia de estas calles se internan en el Barrio Francés donde la non santa Bourbon Street, con sus añosas y bellas construcciones, enciende sus lucecillas a la noche bajo el arrullo de una improvisada música indígena, nacida en los barrios sin sobriedades clásicas y luego abrigada en las plantaciones de algodón.

Música de todo el día y de todos los días adherida a los muros y a la piel, consonancia que hilvanados los años fue alcanzando por los días de abril su más alta modulación en el Festival de Jazz, extendiéndose a Preservation Hall y a los clubes espejeantes de la calle Bourbon. Oh, el jazz. Síntesis exquisita, resultado del blues negro y de tonadas bailables blancas. Aportación de blancos y negros y de estos últimos sus músicos virtuosos, sus poetas…

Las banquetas nocturnas tutelan mis andares de regreso al descanso. La penumbra del cuarto me induce a descorrer la cortina de la amplia ventana. Tras el cristal miro desde lo alto la noche húmeda y algunos autos que se desplazan insomnes por Calle Canal. Mi atención deambula y al fin se detiene en la espléndida vista que ofrece el río Mississippi: barcos deslizantes enviando hasta mi ventana mensajes en lenguajes secretos partiendo del agua. Pausadamente me despojo de cuanto me es ajeno tras la cortina de gasa que me observa. A lo lejos se escuchan las bandas emergiendo del Barrio Antiguo o de los clubes o de los cafés cual barcarolas en la madrugada. A lo lejos se escucha un solo de trombón… y en la hondura de mis pensamientos parece revelarse el canto devoto y grave de Armstrong, entonando muy cercano a mi oído un Moon River nostálgico…

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