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Escribir; organizar el pensamiento; ir hacia lo desconocido

La soledad de la escritura es una soledad sin la que el escribir no se produce, o se fragmenta exangüe de buscar qué seguir escribiendo. 

-Marguerite Duras

En el acto de escribir hay una forma de poner en orden el pensamiento, organizarlo de una manera que no permite la oralidad o el flujo mental. Si bien, el llevar las palabras a la hoja en blanco no resuelve el caos como por arte de magia, da la posibilidad de detenerse ante él, observarlo, establecer relaciones entre toda esa maraña que, a simple vista, parece dispersa. 

Mientras se escribe se piensa, pero también es una vía que permite explorar, descubrir qué es lo que se piensa. Hay ideas que no se presentan sino en la escritura y es en este terreno y no en otro en donde adquieren sentido, cuando de alguna manera las palabras las vuelven visibles. De alguna manera, el escribir supone enfrentarse a lo desconocido.

En Escribir (1993), Marguerite Duras se introduce en ese territorio incierto en el que la escritura deja de ser una actividad propiamente voluntaria y se transforma en una necesidad. Escribir es enfrentarse a la soledad, a lo que permanece oculto incluso para quien escribe, en tanto que no siempre se sabe qué es lo que se busca al iniciar un texto, sino que el texto mismo va marcando la pauta para llegar a, medianamente, saberlo.

Este intento, no siempre victorioso, de organizar el pensamiento no implica anular sus contradicciones, tampoco es someterlo a un orden definitivo, es más bien advertir tales recovecos, encontrar vínculos entre las ideas, imágenes, sensaciones, dar la pauta para que todo aquello que parece incomprensible, en algún punto pueda empezar a entrever algo que, por mínimo que sea, nos revele algún sentido. 

Pese a que el lenguaje establece límites respecto a la forma en la que pensamos y nos aproximamos al mundo, hay que advertir que también tiene la facultad de expandir posibilidades. Nombrar algo es distinguirlo de todo lo demás, volverlo visible, incorporarlo a nuestra comprensión del mundo. No obstante, escribir no es reproducir la realidad, nuestra realidad, tal y como la percibimos. 

Entre lo vivido, pensado o imaginado y lo escrito media siempre una transformación, en la que la memoria selecciona, la imaginación interviene y el lenguaje modifica aquello que está intentando expresar. Escribir implica volver a mirar, pero de formas distintas, en las que lo aparentemente conocido despliega nuevas posibilidades, hasta el momento desconocidas. 

Escribimos para comprender el mundo, tal vez, pero hay además un intento por comprendernos en ese mundo, en nuestra particular manera de estar en él, una forma de organizar nuestra experiencia y encontrar una vía, de tantas que hay disponibles, para transitarlo. Hay en las palabras una forma, acaso oculta, que permite en algún sentido encauzar la vertiginosa existencia.