La obra y su contexto
Por Priscila Sarahí Sánchez Leal
Se ha dicho que la obra de arte es hija de su tiempo y, aunque un sinnúmero de obras ha superado su época, lo cierto es que el contexto histórico, social, cultural, político e incluso económico influye en el quehacer artístico de un periodo; asimismo, el contexto específico del artista también es importante de revisar.
Si bien, la obra de arte adquiere su autonomía y posee un gran valor en sí misma, el contexto de la obra, de la época y del artista son aspectos que no se pueden ignorar, pues sin tales o cuales circunstancias, es probable que un cuadro, una novela, una pieza musical determinados no habrían sido posibles.
En el caso de la literatura, es común enfrentarse al texto únicamente desde el argumento, es decir, la historia en sí, mimetizarse con algunos personajes, odiar a otros, adentrarse en la trama y en los espacios, no obstante, esto es apenas la punta del iceberg.
Un texto literario va mucho más allá de la diégesis, de quiénes se enamoran o quién muere, en qué acaba, quién es el o la protagonista, cómo son los escenarios, etcétera.
Detrás de la configuración del entramado narrativo, poético o ensayístico, subyace una visión de mundo que sólo pudo construirse en un momento específico de la historia y bajo circunstancias muy singulares de su autor o autora.
Cada época trae consigo cambios y problemáticas sociales, cuestionamientos, preocupaciones, ideas en cuanto a la estética y concepciones del mundo que, inevitablemente, influyen en el quehacer artístico, pero además están las preguntas y posicionamientos de quien crea.
Dejar de lado el contexto es limitar la obra a una perspectiva más superficial, no saber que hilos se entretejen por debajo de las conversaciones, ideas, acciones de los personajes, distanciarse de los espacios y atmósferas, dejar de lado por qué se escribe de tal o cual manera o por qué hay determinados recurso narrativos y retóricos.
Aun y cuando el escritor intente denunciar o distanciarse de la época y contexto en que vive, forme parte de un movimiento de ruptura o sea lo que se dice “adelantado a su época”, es también un posicionamiento que, aunque rechace o desdiga, está surgiendo de la influencia de lo que está viviendo.
Sería injusto, por ejemplo, leer El Quijote sólo como la historia de un hombre que enloquece tras sus innumerables lecturas y confunde molinos con gigantes. Se perdería de vista una grandísima parte de su riqueza, porque la novela dialoga con toda la tradición caballeresca que le precede, reflexiona acerca de la frontera entre ficción y realidad, hace crítica literaria, es profundamente revolucionaria, sólo por mencionar algunos elementos.
Pedro Páramo, de Juan Rulfo, es más que la historia de un hombre que va en busca de su padre y se encuentra con fantasmas, pues la obra está atravesada por la memoria rural mexicana, las secuelas de la Revolución, así como una singular relación con la muerte. Este pueblo habitado por murmullos, Comala, deviene de una historia social concreta.
Todo texto literario, ya sea novela, cuento, ensayo o poema, está rodeado por situaciones sociales, históricas, culturales y políticas determinadas y, aunque esto no signifique leer la literatura o el arte como mero documento histórico, es innegable cómo el contexto ilumina de forma específica a la obra, le da una nueva voz que, a su vez, puede reinterpretarse desde nuevas miradas y horizontes diversos.