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¿La cronocidad sin la función?

Por Antonio Sánchez González. Médico.

El debate sobre el envejecimiento de la población sigue centrado en gran medida en la esperanza de vida. Sin embargo, durante más de diez años, los principales estudios demográficos internacionales en salud publicados han cambiado profundamente la mirada: el reto ya no es solo vivir más tiempo, sino vivir sin discapacidad.

Los datos del programa internacional de investigación Global Burden of Disease son inequívocos. Entre 1990 y 2010, el número de años con discapacidad aumentó considerablemente, debido al efecto combinado del envejecimiento y el crecimiento poblacional. Sobre todo, la jerarquía de las enfermedades se ha transformado: en la estadística ya no dominan las enfermedades que matan, sino las que generan más individuos discapacitados.

En lo más alto de la lista están los trastornos osteoarticulares. El dolor crónico, la lumbalgia, la osteoartritis: estas patologías son ahora las principales causas de discapacidad en el mundo. Lo que tienen en común es que no son muy letales, pero sí muy incapacitantes. Afectan la movilidad, reducen la autonomía y a menudo son el punto de entrada a la dependencia.

Este fenómeno forma parte de una dinámica extremadamente pesada. Los datos -principalmente publicados en por la revista británica The Lancet Rheumatology- muestran que la artrosis ya se ha más que duplicado desde 1990, alcanzando casi 600 millones de personas en 2020. Más de mil millones de personas podrían estar afectadas para tan pronto como 2050. Y de manera similar, se espera que el dolor lumbar afecte a más de 800 millones de enfermos.

Estas cifras no reflejan una exacerbación de los riesgos individuales, sino un efecto mecánico del envejecimiento. A la misma edad, los factores que externos que generan patología cambian poco. Es la estructura demográfica la que transforma la escala del fenómeno. Estamos entrando en una medicina de la disfunción osteomuscular y la cronicidad.

Esto sucede en el momento en que existe una gran inconsistencia en cuanto a prevención y rehabilitación. Sin embargo, los datos científicos son claros: la actividad física, el fortalecimiento muscular y el manejo funcional pueden ralentizar la evolución de las limitaciones y retrasar la pérdida de autonomía de cada individuo.

Al mismo tiempo, el acceso real a la atención es un punto ciego en el debate público. Porque este aumento de la discapacidad llega justo cuando la oferta de personal sanitario especializado está debilitándose. En México, igual que en buena parte del mundo, hay un déficit crónico de internistas y de médicos de especialidades afines que prestan atención a estas patologías. Y una gran parte de ellos trabaja en la ciudad, no siempre cerca de los pacientes.

La paradoja está ahí: sabemos lo que va a pasar, en gran medida sabemos cómo actuar, pero no proporcionamos los medios humanos y organizativos para hacerlo.

La prevención de la dependencia en adultos mayores se basa en intervenciones multidominio que combinan actividad física, estimulación cognitiva, nutrición y seguimiento médico. Estos enfoques son los más efectivos para mantener la autonomía y retrasar el deterioro funcional.

¿Realmente podemos hacer de la prevención de la dependencia una prioridad nacional sin invertir masivamente en las disciplinas que están en su centro? ¿Podemos promover el «envejecimiento saludable» sin garantizar un acceso efectivo a la atención, la rehabilitación y la actividad física?

Así, sin médicos para tratar, sin infraestructuras para rehabilitar y sin una política de prevención ambiciosa, el -pretendido- progreso médico corre el riesgo de convertirse en un callejón sin salida social.