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Más allá del cuerpo: «la carta de la jorobada al cerrajero»

Por Priscila Sarahí Sánchez Leal

Hay un texto literario que me parece pertinente retomar, titulado “La carta de la jorobada al cerrajero”, de Fernando Pessoa. Se trata de un texto breve y sumamente conmovedor, una carta escrita por una joven de diecinueve años, jorobada y con una especie de reumatismo en las piernas, dirigida al cerrajero que observa pasar desde su ventana y de quien está profundamente enamorada.

Es a partir de los márgenes desde donde la jorobada atestigua el limitado mundo que la rodea, se sueña en él, lo anhela y escribe, ante la imposibilidad de vivirlo. El tono de la carta denota una mezcla de lucidez, dolor y deseo, además de revelar a una mujer que ama intensamente y entiende con claridad el mundo que, no obstante, la rechaza debido a sus circunstancias físicas.

La obra tiene varias posibilidades de lectura, una de ellas está dentro de la larga tradición que ha vinculado el cuerpo con el alma. Una buena parte del pensamiento antiguo, sobre todo en algunas concepciones griegas, creía en una correspondencia entre el aspecto físico y la disposición interior, es decir, la belleza física remitía al equilibrio, en tanto que la deformidad parecía llevar implícita la carencia moral.

Esta idea ha adoptado matices diversos, sin embargo, en el pensamiento occidental se ha mantenido durante siglos, de tal manera que aun hoy en día prevalece la costumbre de juzgar según la apariencia. En algún punto de la carta, la joven expresa: “Soy jorobada de nacimiento y siempre se han reído de mí. Dicen que todas las jorobadas son malas, pero yo nunca le he deseado mal a nadie. Además de esto, estoy enferma y nunca tuve fuerzas, a causa de la enfermedad, para enojarme demasiado”.

En diversos momentos históricos, dicha idea se ha ido resquebrajando, por ejemplo, la tradición cristiana admitía la posibilidad de una grandeza espiritual habitando un cuerpo sufriente y con características no acordes a una “belleza” en un sentido más tradicional; asimismo, durante la modernidad se fue separando gradualmente la imagen externa de las subjetividades internas.

En este sentido, la literatura se ha convertido en un espacio que cuestiona este tipo de prejuicios. Cabe mencionar que en la época de Pessoa, a inicios del siglo XX, aún convivían los viejos estigmas y nuevas formas de comprender la interioridad y complejidad humanas, de manera que la protagonista de la carta podría estar encarnando dicha tensión.

Su joroba y la enfermedad la han confinado a su ventana, pero también la condenan ante la mirada ajena, por lo que más allá de la enfermedad física, la joven siente que también su alma está enferma y ella misma se aleja de experiencias que desearía vivir, tal y como lo es el enamoramiento, que, si bien lo experimenta, también se recluye en él.

Pessoa parece invertir o cuestionar la fórmula, dotando de una humanidad más profunda a un personaje cuya realidad es distinta. Esto dialoga con otras situaciones y personajes literarios marcados por la fealdad o la deformidad, por ejemplo, Quasimodo, de Nuestra Señora de París, de Víctor Hugo, un ser considerado monstruoso, pero moralmente noble y enamorado de la gitana Esmeralda.

En el cuento “La noche de los feos”, de Mario Benedetti, los protagonistas son dos personajes heridos por el rechazo social ante sus rostros, sin embargo, ellos encuentran un refugio en la intimidad que logran compartir, comprendiéndose mutuamente. Se funden en una escena bella en la que, momentáneamente, encuentran una forma de redención: “En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso”.

En la carta, Pessoa le da voz a quien suele ser objeto de miradas y murmullos, pero además esa voz evidencia una sensibilidad y conciencia compleja ante el mundo que observa desde la ventana, ante sí misma y su propia circunstancia, haciendo visible la profundidad que puede haber en todo aquello que la sociedad recude a una mera apariencia física y cuya experiencia se despliega desde los márgenes.