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El arte refinado del devorar

Por Priscila Sarahí Sánchez Leal

El hombre es el único animal que cocina.

Claude Lévi-Strauss

Comer en esencia es un acto salvaje, pues en su forma más cruda, se trata de abrir la boca, desgarrar, masticar y tragar; sin embargo, con el paso del tiempo se ha despertado una necesidad de convertirlo en ritual y volverlo estético, en pasar del gusto por la comida a algo más refinado como lo es la gastronomía.

Poner la mesa, acomodar los cubiertos, servir el vino, encender una vela, presentar la comida de manera estética y, acto seguido, fotografiar el platillo y compartirlo como si fuera una obra de arte, da cuenta de la forma en la que además de alimentarse hay todo un acto performativo en torno al comer. Este impulso por intelectualizar y estetizar incluso lo más primitivo y humano, está relacionado acaso con la búsqueda del placer y el goce de una experiencia cultivada.

Es distinto comer por el gusto de hacerlo a devorar por hambre e instinto. Lo que se conoce como “alta cultura” tiene mucho de hedonista y privilegia el placer estético y refinado. No obstante, hay que señalar que esa capacidad de romantizar la vida está completamente atravesada por el tema del acceso, es decir, cuántas personas pueden convertir el desayuno en un bodegón digno de revista o pasear por calles empedradas con una cámara vintage en la mano.

No son pocas las ciudades y pueblos en los que los barrios se han transformado en escenarios para el turismo, con cafés, restaurantes, librerías, galerías y toda clase de atractivos, pensados y diseñados para quienes llegan de fuera y, claro está, pueden pagar por obtener estos placeres cuidadosamente escenificados. Vivir con este tipo de sensibilidad y refinamiento es un privilegio, disfrazado de aparente universalidad, que lleva en sí mismo la sutil marca de la exclusión. Pero por otra parte, hay algo profundamente bello en el impulso humano de transformar cosas tan elementales en símbolos y actos estéticos.

Debajo de una mesa bien puesta se encuentra el hambre y la necesidad de alimentarse, así como detrás del erotismo se escabulle el instinto. No obstante, entre uno y otro extremo subyace una forma distinta de habitar el mundo y con la natural búsqueda por el placer, como una forma de sublimar la vida misma. Pues, a final de cuentas, aún lo grotesco puede sentarse a la mesa cuando se le sirve con estilo, pero es importante ser conscientes de que siempre hay alguien que queda fuera de este juego estético.

Imagen: Sara Huxley Edwards