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Moralina

Antonio Sánchez González. Médico.

En alemán: “das Moralin”, un neologismo inventado por Nietzsche para burlarse de los bien pensantes, los que llevan su moral sobre sus hombros para que urbi et orbi sepan que están del lado correcto, valientes e “izquierdistas” como decían en el 68, convencidos de que con esta fórmula todo estaba dicho. Nietzsche podría haber citado a Pascal, quien también pensaba que “la verdadera moralidad se burla de la moralidad”. El sufijo “ina” se refiere en alemán, como en las lenguas derivadas del latín al vocabulario farmacéutico, evoca algo así como aspirina o codeína que tragamos para ser “buenos”.

Sin embargo, los objetivos de esta moralina tienen poco que ver con la verdadera moralidad de la que habla Pascal y, por el contrario, se acerca mucho a la moral de la que hablaba Gonzalo N. Santos (“la moral es un árbol que da moras”). Sobre todo, porque al acogerse a ella se trata de adquirir una imagen grandiosa a nivel mediático y de paso ocultar los problemas planteados por aquellos a quienes no quieren ver ni escuchar porque están en el lado políticamente contrario.

La moralidad jugó al máximo durante las campañas presidenciales de López Obrador. Desde mi punto de vista, su programa era claramente calamitoso, mal diseñado y fundamentado, especialmente en términos económicos y sociales. Tuvo que ser criticado aún más porque el uso del referéndum “ciudadano” como él lo concibe representa un peligro para el estado de derecho, ya que esta apelación demagógica al pueblo pone al país en riesgo de ser arrastrado a un escenario de ocurrencias. De ahí para hablar de la extrema izquierda, incluso del fascismo, había sin embargo un abismo.

Si los puntajes del ahora presidente aumentaron de elección en elección, no fue porque los mexicanos fuésemos cada vez más fascistas, sino porque él pretendió hacerse cargo de los problemas -la corrupción, sobre todo, la miseria, la emigración, el poder adquisitivo, la seguridad- que no afectan a las élites. Los discursos en las plazas y calles y las declaraciones en los medios de comunicación tradicionales y redes sociales que atestiguan su oferta de heroica lucha contra el mal en nombre del bien están ahí para la memoria, al mismo tiempo que desde entonces circulan llamados a la cordura, generalmente firmadas por ricos y famosos -”niños bien”- que exageran la angustia frente al amenazante escenario que enfrentaríamos si se “suelta al tigre”. Sí, algunos en la oposición no dudan, todavía, en sacarnos a relucir ésta cansada retahíla de miedos tomada de una obra de teatro dialéctico de Brecht.

Y así entonces, mientras nuestras mejores mentes se esforzaban por revelar al público su valor en la lucha contra la bestia que venía a ocupar el poder ejecutivo, los pocos intelectuales que trataban de mantener los pies en la tierra fueron puestos en la picota en nombre de la lucha contra la “banalización de la izquierda”.

En otros lugares, en Cuba, Bolivia, o en América del Sur, la extrema izquierda eran los escuadrones de guerrilleros, la tortura, el secuestro y el asesinato sistemático de opositores. De hecho, es difícil ver cómo se pueden encontrar tales prácticas en México, en donde un político, puede romper con la persona que sea, con el grupo que sea, con el partido que sea, y un segundo después, con afán de estar del lado de la moral, abrazar a la persona que sea, al grupo que sea, al partido que sea.

En realidad, detrás de la lucha de las élites disfrazada de lucha por el pueblo y el país, la moralina no solo ha adornado con un heroísmo de basura a quienes la plantean, sino que ha permitido sobre todo ocultar los problemas planteados por este México actual que quienes dicen ser del pretendido círculo de la razón, es decir, el centrismo mocho, no quieren ver ni oír. El problema con cualquiera de estos extremos en el poder es que se convierte en el escenario para la negación de la política.

Porque la política es ante todo el lugar del pluralismo, incluido el pluralismo conflictivo, siempre que no se dé el paso a la violencia. La sustitución de la política por la representación de esta en los papeles del liberalismo y el conservadurismo mal entendidos y explicados, el elitismo y el populismo, constituye un empobrecimiento dramático del debate democrático, una forma de barrer bajo la alfombra los problemas planteados por México. A fuerza de pretender personificar al Pueblo -a sus votantes-, despreciarlos, de encerrarlos en su resentimiento y enojo en nombre de un Bien del que uno y otro extremo tendrían el monopolio, dudo mucho que hagamos otra cosa que preparar nuestra próxima derrota.

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