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La Primavera llega cuando llega

Amparo Berumen

Hace algunos años recibí por tres o cuatro días aquí en el puerto, a unos amigos canadienses, Sam y Katah Kerson, dedicados en cuerpo y alma al teatro, al arte del grabado, y él eventualmente además, al arte mural.  Ya de vuelta en su casa, en una carta me decía Sam: “Estamos aquí en la nieve de Québec. Primavera en realidad con nieve, sí, pero con sol y agua. Después de toda la creatividad allá con ustedes, la vida aquí es un poco aburrida… Ordenando estas viejas cosas, recuerdos y documentos de proyectos terminados, y trazando nuevos bocetos de otros por cumplir. Esto no es la iluminación de creatividad, es sólo un proceso. Katah está soñando en Armenia, ella es una estudiosa del genocidio armeniano, 1915, y está viendo que nosotros hablemos de ello, cuando mucha gente quiere el recuerdo de esos días oscuros en que miles y miles de armenios murieron en una masacre, en una marcha al desierto, o por hambre. Ella está planeando un viaje a Armenia y yo también estoy pensando en eso. Así estamos aquí en la nieve de Québec, saludándote en primavera”.

Con esta carta de Sam, se cumple de nuevo aquello de que la primavera llega cuando llega. En los países donde nieva hay nieve en las calles, en las banquetas, donde sea. Apagan la calefacción en las casas, porque señala el calendario que ha llegado el gracioso espíritu de la primavera. Y compran las mujeres los vestidos de gasa en las tiendas…

En todo tiempo, muchos han sido los creadores que se han gozado en el tema de la ansiada estación. Tan larga es la lista, que nadie podrá jamás conocerla completa… Es nuestra La primavera de Vivaldi, y lo era ya la de Botticelli. Nuestras son Doña Primavera, de Gabriela Mistral: “Doña Primavera/ de aliento fecundo,/ se ríe de todas/ las penas del mundo”; y La primavera besaba, de Antonio Machado: “Las nubes iban pasando/ sobre el campo juvenil…/ Yo vi en las hojas temblando/ las frescas lluvias de abril”; también Primavera a la vista, de Octavio Paz: “El mar respira apenas, brilla apenas./ Se ha parado la luz entre los árboles,/ ejército dormido. Los despierta/ el viento con banderas de follaje…”

Es difícil sustraerse a los esplendores del citado tiempo, sin importar, acaso, los efectos. Leamos si no, fragmentos del artículo semanal de Camilo José Cela, ¡Qué le vamos a hacer! publicado por primera vez el 21 de marzo de 1950, en Madrid:

“Hoy, lector amigo, nace la primavera. ¡Qué le vamos a hacer! Nadie pudo evitarlo, y aquí la tenemos, recién nacida y temerosa, aún tierna y calentita, trémula y ya cantada en todos los tonos, en todos los metros, en todas las voces. (…) La primavera, que es como una señorita recitadora vestida de color de rosa, ¡qué le vamos a hacer!, nos llega este año, como todos los años, haciendo dengues y arrumacos, sonriendo, adornándose con ramitas de almendro en flor y cantando poéticas canciones de suaves cadencias. La primavera –¡bendito sea Dios!– es tema bueno para el articulista, un tema tan bueno como Don Juan y el Día de Difuntos, como la Navidad, como el Año Nuevo, como el Carnaval y como la muerte de un escritor con cuya amistad nos honrábamos. ¡Qué le vamos a hacer! (…) La primavera, ese gran fiasco, es pérfida, tontamente pérfida como un niño zangolotino, y se divierte con frecuencia en disfrazarse de invierno para fastidiar. Pero los poetas la salvan porque año a año y con una constancia y una lealtad ejemplares, le extienden su rimada y amplia patente de corso, ese permiso sin límite para que la primavera pueda hacer lo que le dé la gana, que es una de las cosas que mejor hace (…) La primavera ha venido, y ¡qué le vamos a hacer! La cosa, bien mirada, tampoco es para desesperarse. A fuerza de ver pasar primaveras a todo se acostumbra uno, y, después de todo, una primavera más ¿qué importa al mundo? El mundo va estando ya muy hecho a todo (léanse los periódicos y júzguese) y ya no ha de impresionarse por el quítame allá esas pajas de una primavera de más o de menos (…) No lo lamentamos. Verdaderamente hoy es un día como todos los días y el nacimiento de la primavera lo ignoran los que no tienen calendario. Ahora empezará la lluvia de florilegios. Es algo a lo que no se puede escapar, ya lo advertimos. Es como un portazgo, como un impuesto que es preciso pagar”. Hasta aquí las palabras de Camilo José Cela quien, por cierto, igual que poetas y escritores, ha “salvado” a la primavera escribiendo de ella.

La primavera llega cuando llega, y no es fácil sustraerse a sus esplendores. Llega sin que hayan cesado los demasiados actos de injusticia en el mundo, que en lo hondo duelen. Llega con su advertencia cuántica de lo que puede ocurrir: se ha movido el eje de la Tierra y hoy gira más rápidamente en su movimiento de rotación. Llega cuando es urgente subvertir el sistema de economía y sociedad que maltrata al Planeta y está acabando con él. Llega con sus renuevos y sus ceremonias en este tiempo presente de emergencia mundial, cuando un virus mortífero de caprichosa composición está estremeciendo a la Humanidad. La primavera llega cuando llega. Anuncien los heraldos el espíritu de la primavera. La de los días lucientes que ya empieza.    

amparo.gberumen@gmail.com

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